CITA(abimelek @ 23/04/2007 - 00:07) [snapback]36065[/snapback]
Creo que el manejo de la bolsa en España es engorroso, lento y caro, además de muy arriesgado. Más que EEUU. Exige no solo conocimientos- yo diría más bien información- sino una frialdad de ánimo y una ecuanimidad que dudo mucho esté al alcance de una nación que cree lo máximo es algo como "Tengo una pregunta Sr. Fulano". Y habrá quien espere le digan la verdad y todo.
El español comprende bien, casi exclusivamente, cosas tangibles, pero es malo para lo abstracto. Hablele vd. de futuros o de "ponerse corto" y ya nos liamos y lo vemos muy difícil.
Con excepciones, claro, que me temo, no hacen sino confirmar la regla.
Un saludo
Amigo Abimelek, la Bolsa es pura ESPECULACIÓN, desde mi punto de vista ninguna empresa que se cotiza refleja en la REALIDAD su verdadero valor y por ello, lo que estamos haciendo es JUGAR A LA LOTERIA con un mayor grado de probabilidad evidentemente que ESTA.
Los “listillos” que se especializan en el “conocimiento” del mercado bursátil, o son unos aprovechados porque “funcionan” con INFORMACIÓN PRIVILEGIADA, o sus intereses como intermediarios son los de cobrar la COMISIÓN, lo cual, aunque se “disfrace” de profesionalidad, es ÉTICA o LEGALMENTE
DEPLORABLE, ya que como sabes LA ÚNICA RELIGIÓN ES EL DINERO Y TODO LO DEMÁS SON SECTAS.
Si analizas la evolución del mercado de bolsa, sus periodos alcistas y bajistas y compruebas las oscilaciones que se producen, muy pocas empresas tienen una evolución estable y si el LO QUE VALE UNA EMPRESA ESTÁ INFLUIDO PRINCIPALMENTE POR SU PATRIMONIO REAL Y SU CAPACIDAD DE GENERAR BENEFICIOS EN EL FUTURO, estos son los dos parámetros principales que determinan su valor, valga la redundancia, SERÍA EVIDENTE , que su valor NO DEBERÍA TENER LA VARIABILIDAD QUE TIENE .
Aunque se obtenga el valor de una empresa por los métodos que ya hemos comentado anteriormente, que se pueden encontrar en cualquier texto sobre el tema, la realidad del mercado es “pura filfa”, ya que el componente especulativo es “DEMASIÉ”.
El interés de las empresas IMPORTANTES es COTIZAR EN BOLSA, porqué tradicionalmente es una forma de financiación para los propietarios de ellas “cojonuda”y también su “interés” es incidir sobre la cotización para que valga más de lo que ES REAL.
Todos estos intereses para el profano que no sabe nada de estas truculencias interesadas, le coloca en la posición de PARDILLO y normalmente OCURRE LO QUE OCURRE.
Aunque ya lo he comentado en el foro de “La marcha de la economía en España”, contestando a nuestro amigo Eduardo XXX, cuyos comentarios son bastantes serios y razonados, pero principalmente inteligentes y aunque esté en la oposición, no dice “ chorradas económicas” como habitualmente los de Libertad Digital y otros medios afines a la derecha de este País, transcribo en este foro, aunque se repita, la historia del Crash de 1929, origen de la MAYOR RECESIÓN ECONÓMICA QUE SUFRIÓ EL MUNDO EN EL SIGLO XX, que se originó en la Bolsa de Nueva York y que fue peor para el mundo, incluso que algunas guerras.
Todo se produjo por el MODELO ESPECULATIVO que estamos viviendo ahora en España, gracias al PP y la gente NO SE DA CUENTA desgraciadamente de la IMPORTANCIA DE LUCHAR CONTRA LA ESPECULACIÓN Y LA CORRUPCIÓN como TEMA FUNDAMENTAL PARA ASEGURAR UN PORVENIR ESTABLE ECONOMICA Y SOCIALMENTE Y MANTENER EL ESTADO DE BIENESTAR EN EUROPA Y EN ESPAÑA.
La miopía política es TREMENDA, tal vez por la falta de formación y de información de la gente de nuestra generación y el “acojonamiento” laboral a que somete el sistema a nuestros hijos, amenazándoles con la perdida de empleo cuando están hipotecados desde el primer empleo hasta la jubilación, para no ver
QUE PARTIDO POLÍTICO ES EL QUE PROPICIA EL MODELO ESPECULATIVO.
Saludos.
EL MERCADO ESPECULATIVO Y EL “CRASH” DE 1929
FREDERICK LEWIS ALLEN, notable autor y editor, ha alcanzado considerable éxito con sus populares infor¬mes de muchos de los acontecimientos importantes de los años 1920 a 1940. Aquí recuerda los días caóticos ante¬riores y posteriores al Martes Negro (29 de octubre de 1929).
EL GRAN MERCADO ALCISTA
Cierto día de febrero de 1928 un inversionista pregunta a un astuto banquero sobre la conveniencia de comprar acciones ordinarias. El banquero sacudió la cabeza y dijo: “se me antoja que las acciones están peligrosamente altas. Este mercado especulativo se ha mantenido durante mucho tiempo, y aunque los precios han cedido un tanto en la actualidad pueden ceder mucho más. Los negocios no van bien
naturalmente que si usted compra las acciones convenientes tendrá probablemente razón a la larga e incluso puede obtener beneficio. Pero si yo fuese usted esperaría a ver lo que pasa.”
De acuerdo con todos los preceptos conservadores de las finanzas el banquero tenía razón. La enorme confianza en la prosperidad de la época de Coolidge, que había elevado al hombre de negocios a una preeminencia desconocida y había animado a muchísimas personas a arriesgar sus ahorros en los bienes inmuebles de Florida, había tam¬bién elevado considerablemente los precios de las acciones con respecto a 1924 hasta hacerles alcanzar niveles que muchos financieros perspi¬caces consideraban alarmantes. Durante todo el año 1927 la especu¬lación se había desarrollado enormemente. El dinero a disposición de los bolsistas para efectuar cuentas de margen por cuenta de los comer¬ciantes se habla elevado durante el año de 2.818.561.000 a 3.558.355.000 dólares, lo que representaba un aumento considerable. Durante la sema¬na del 3 de diciembre de 1927 cambiaron de manos en la bolsa de Nueva York más acciones que en ninguna otra semana de su historia. No había que escuchar durante mucho tiempo una conversación de so¬bremesa, ya fuera en San Francisco, en Nueva York o en cualquier aldea, para darse cuenta de que toda la gente, para quien había sido hasta en¬tonces un gran misterio el indicador eléctrico de las cotizaciones, dispo¬nía de una centena de acciones Studebaker o de la Houston Oil, estudia¬ban el significado de signos tan oscuros corno GL, X e ITT, blandiendo las primeras tiradas de los periódicos vespertinos para enterarse de las cotizaciones de la 1,30 de la Bolsa de Nueva York.
La fiebre especulativa se había intensificado por la acción del Sistema. de Reserva Federal (F.R.S.) al reducir el tipo de redescuento de 4 a.3, 5 por 100 en agosto do 1927 y al adquirir títulos del Gobierno en el mer¬cado abierto. Esta acción obedecía a motivos muy laudables: varias na¬ciones europeas encontraban dificultades para estabilizar su moneda, los cambios europeos eran débiles y les pareció a las autoridades del Sistema que la reducción de los tipos de moneda norteamericana impedirla la futura acumulación de oro en los Estados Unidos, ayudando así a la recu¬peración europea y beneficiando al comercio internacional. Además, la economía norteamericana había detenido su progreso y la reducción de los tipos monetarios la estimularla. Pero esta reducción también esti¬muló a la Bolsa. El partido alcista de la Bolsa de Nueva York recibió un estímulo aún mayor debido a la notable solicitud del presidente Coolidge y del secretario (del Tesoro), Mellon, que prodigaban mani¬festaciones tranquilizadoras dondequiera que la confianza parecía desva¬necerse, las que en seguida producían el efecto de impulsar los precios de nuevo al alza. En enero de 1928, el presidente había tornado la sin¬gular medida de manifestar públicamente que no consideraba demasia¬do altos los préstamos a los corredores contra valores negociables, con¬cediendo así aparentemente el patrocinio de la Casa Blanca a la misma inflación que preocupaba a las sobrias mentes de la comunidad financiera. Aunque los precios de las acciones se elevaban, la actividad eco¬nómica indudablemente se reducía. Durante los últimos meses de 1927 se había producido una retracción tan notable que, en febrero de 1928, el director de la Charity Organization Society de Nueva York informó que el paro era mayor que en ninguna época desde inmediatamente antes de la guerra. En enero y febrero la Bolsa se mostró desigual e inconstante
y no es de extrañar, porque con los precios aún cerca de su nivel record y la tendencia futura de la economía altamente dudosa era muy fácil pronosticar una época de ajuste de cuentas para el futuro.
El tono de los analistas y .agoreros en materia económica—fraterni¬dad cuyo número de miembros había aumentado mucho últimamente y a cuyas manifestaciones más a la ligera se les concedía importancia—no era ni mucho menos altisonante. El 5 de enero de 1928, el Moody’s In¬vestor Service dijo que los precios de las acciones hablan “superado con mucho los aumentos anticipados” y se preguntaba “que enorme rea juste se necesitaría para colocar la Bolsa en una posición saneada”.. El 1 de marzo dicha organización aún no estaba tranquila. “El público.—declaró—no es probable que cambie su actitud bajista hasta la época en que exista tal plétora de dinero como para estimular a los bancos a una ex¬pansión del crédito”. Dos días más tarde, la Harvard Economic Society sacó de sus gráficos estadísticos la estremecedora impresión de que “los acontecimientos de febrero sugieren que la economía está entrando en un periodo de reajuste temporal”; los mejores pronósticos que pudieron ofrecer los profetizadores de Harvard fueron que “las reducciones intermedias en Bolsa no evolucionarán en movimientos más importantes para predecir una depresión económica”. Los anuncios en la prensa de los servicios de inversión demuestran el humor poco confiado de Wall Street, presentando epígrafes como “¿Va usted a retener demasiado tiem¬po los valores en este mercado alcista?, y jSe ha iniciado ya la deflación?”. El aire estaba cargado con tanta inseguridad.
Cualquiera que hubiese elegido este momento para predecir que el mercado alcista estaba a punto de efectuar un avance tan salvaje que parecería pueril todo lo sucedido anteriormente habría estado comple¬tamente loco o, por el contrario, inspirado por el genio de la psicología de las masas. El banquero que había aconsejado prudencia en cuanto a las condiciones financieras tenía toda la razón. También la tenían los pronosticadores. Pero no habían tenido en cuenta el ilimitado romanti¬cismo comercial del pueblo norteamericano, inflamado por la continui¬dad de la prosperidad. Coolidge, pues él 3 de marzo de 1928, el mismo. día que los profetas de la Harvard hablaban de reducciones intermediarias, y el Times se refería a la vacilación, la Bolsa entró en su fase sen¬sacional.
¿Que es lo que sucedía? No iban mal los negocios, el crédito inflacionario y el índice de precios de la bolsa no eran peligrosamente elevados. ¿Estaba loco el mercado? ¡Supóngase que todos los locos que insistían en comprar acciones al alza trataran de vender en el misino momento! Los sagaces inversionistas al enterarse de los salvajes avan¬ces de la radio, opinaron cómo los vaticinadores del Moody’s Investgr Service unos pocos días después; la pregunta que se hacían era; ¿Por cuánto tiempo se tendrá oportunidad de vender a los precios máximos?
Lo que sucedía realmente es que un grupo de poderosos especulado¬res cuya fortuna se habla cimentado en los negocios automovilísticos, en las bolsas de grano y en los primeros días del mercado alcista, tales como W. C. Durant, Arthur Cutten, los hermanos Fisher y John J. Raskob, estaban comprando en cantidades nunca vistas. Pensaban que la economía abandonaría su calma chicha. Sabían que con la producción diferida de Ford era probable que la General Motors tuviese un buen año. También sabían que la Radio Corporation había consolidado su posición y que estaba ahora dispuesta a hacer más dinero qué nunca y que, en vista de que los descubrimientos científicos se sucedían, las posibilidades futuras de la mayor empresa de radio eran emocionantes en extremo. Automóviles y radios—he ahí los dos productos más característicos de la década de producción masiva confiada—, las flores más brillantes de la prosperidad de la época Coolidge, que ejercían una gran atracción sobre las imaginaciones especulativas. Los grandes alcistas conocían también que miles de especuladores hablan vendido acciones a la baja en espera de un colapso en la Bolsa, continuarían vendiendo a la baja y podrían ser obligados a volver a adquirir si los precios se ele¬varan implacablemente. Y finalmente conocían a su público norteame¬ricano. Este no habría podido resistir la tentación de un mercado en alza. Experimentaban el deseo, completamente normal, de hacerse ricos rápidamente y estaban preparados a creer lo que fuera acerca del futuro dorado de la economía norteamericana. Si las acciones experimentaran alzas el publico compraría, sin que le importase lo que dijesen los pronosticadores ni lo oscuro de la perspectiva económica.
Tenían razón. El público compró.
El lunes 12 de marzo, la Bolsa se colocó de nuevo en primera página. Radio abrió a 120 1/2 y cerró a 138 1/2. Otras acciones realizaron también avances imponentes, el volumen de negocios superó cualquier marca precedente (3.875.910 acciones) y el indicador eléctrico no dejó de marcar hasta seis minutos después del cierre de la Bolsa. El público de la misma manifestó que el pelirrojo Michael Meehan, especialista en valores de la Radio, fue el centro de lo que parecía ser una reyerta en el parquet. “Parecía una lucha callejera”, dijo un observador.
El martes 13 fue bastante para producir escalofríos y fiebre a cualquiera. El indicador eléctrico llevaba doce minutos de retraso. Y así siguió ello, día tras día y semana tras semana. El 16 de rnarzo el indicador eléctrico llevaba treinta y tres minutos de retraso, y se coinflación que preocupaba a las sobrias mentes de la comunidad financiera. Aunque los precios de las acciones se elevaban, la actividad eco¬nómica indudablemente se reducía. Durante los últimos meses de 1927 se había producido una retracción tan notable que, en febrero de 1928, el director de la Charity Organization Society de Nueva York informó que el paro era mayor que en ninguna época desde inmediatamente antes de la guerra. En enero y febrero la Bolsa se mostró desigual e inconstante
y no es de extrañar, porque con los precios aún cerca de su nivel record y la tendencia futura de la economía altamente dudosa era muy fácil pronosticar una época de ajuste de cuentas para el futuro.
El tono de los analistas y .agoreros en materia económica—fraterni¬dad cuyo número de miembros había aumentado mucho últimamente y a cuyas manifestaciones más a la ligera se les concedía importancia—no era ni mucho menos altisonante. El 5 de enero de 1928, el Moody’s In¬vestor Service dijo que los precios de las acciones hablan “superado con mucho los aumentos anticipados” y se preguntaba “que enorme rea juste se necesitaría para colocar la Bolsa en una posición saneada”.. El 1 de marzo dicha organización aún no estaba tranquila. “El público.—declaró—no es probable que cambie su actitud bajista hasta la época en que exista tal plétora de dinero como para estimular a los bancos a una ex¬pansión del crédito”. Dos días más tarde, la Harvard Economic Society sacó de sus gráficos estadísticos la estremecedora impresión de que “los acontecimientos de febrero sugieren que la economía está entrando en un periodo de reajuste temporal”; los mejores pronósticos que pudieron ofrecer los profetizadores de Harvard fueron que “las reducciones intermedias en Bolsa no evolucionarán en movimientos más importantes para predecir una depresión económica”. Los anuncios en la prensa de los servicios de inversión demuestran el humor poco confiado de Wall Street, presentando epígrafes como “¿Va usted a retener demasiado tiem¬po los valores en este mercado alcista?, y jSe ha iniciado ya la deflación?”. El aire estaba cargado con tanta inseguridad.
Cualquiera que hubiese elegido este momento para predecir que el mercado alcista estaba a punto de efectuar un avance tan salvaje que parecería pueril todo lo sucedido anteriormente habría estado comple¬tamente loco o, por el contrario, inspirado por el genio de la psicología de las masas. El banquero que había aconsejado prudencia en cuanto a las condiciones financieras tenía toda la razón. También la tenían los pronosticadores. Pero no habían tenido en cuenta el ilimitado romanti¬cismo comercial del pueblo norteamericano, inflamado por la continui¬dad de la prosperidad. Coolidge, pues él 3 de marzo de 1928, el mismo. día que los profetas de la Harvard hablaban de reducciones intermediarias, y el Times se refería a la vacilación, la Bolsa entró en su fase sen¬sacional.
¿Que es lo que sucedía? No iban mal los negocios, el crédito inflacionario y el índice de precios de la bolsa no eran peligrosamente elevados. ¿Estaba loco el mercado? ¡Supóngase que todos los locos que insistían en comprar acciones al alza trataran de vender en el misino momento! Los sagaces inversionistas al enterarse de los salvajes avan¬ces de la radio, opinaron cómo los vaticinadores del Moody’s Investgr Service unos pocos días después; la pregunta que se hacían era; ¿Por cuánto tiempo se tendrá oportunidad de vender a los precios máximos?
Lo que sucedía realmente es que un grupo de poderosos especulado¬res cuya fortuna se habla cimentado en los negocios automovilísticos, en las bolsas de grano y en los primeros días del mercado alcista, tales como W. C. Durant, Arthur Cutten, los hermanos Fisher y John J. Raskob, estaban comprando en cantidades nunca vistas. Pensaban que la economía abandonaría su calma chicha. Sabían que con la producción diferida de Ford era probable que la General Motors tuviese un buen año. También sabían que la Radio Corporation había consolidado su posición y que estaba ahora dispuesta a hacer más dinero qué nunca y que, en vista de que los descubrimientos científicos se sucedían, las posibilidades futuras de la mayor empresa de radio eran emocionantes en extremo. Automóviles y radios—he ahí los dos productos más característicos de la década de producción masiva confiada—, las flores más brillantes de la prosperidad de la época Coolidge, que ejercían una gran atracción sobre las imaginaciones especulativas. Los grandes alcistas conocían también que miles de especuladores hablan vendido acciones a la baja en espera de un colapso en la Bolsa, continuarían vendiendo a la baja y podrían ser obligados a volver a adquirir si los precios se ele¬varan implacablemente. Y finalmente conocían a su público norteame¬ricano. Este no habría podido resistir la tentación de un mercado en alza. Experimentaban el deseo, completamente normal, de hacerse ricos rápidamente y estaban preparados a creer lo que fuera acerca del futuro dorado de la economía norteamericana. Si las acciones experimentaran alzas el publico compraría, sin que le importase lo que dijesen los pronosticadores ni lo oscuro de la perspectiva económica.
Tenían razón. El público compró.
El limes 12 de marzo, la Bolsa se colocó de nuevo en primera página. Radio abrió a 120 1/2 y cerró a 138 1/2. Otras acciones realizaron también avances imponentes, el volumen de negocios superó cualquier marca precedente (3.875.910 acciones) y el indicador eléctrico no dejó de marcar hasta seis minutos después del cierre de la Bolsa. El público de la misma manifestó que el pelirrojo Michael Meehan, especialista en valores de la Radio, fue el centro de lo que parecía ser una reyerta en el parquet. “Parecía una lucha callejera”, dijo un observador.
El martes 13 fue bastante para producir escalofríos y fiebre a cualquiera. El indicador eléctrico llevaba doce minutos de retraso. Y así siguió ello, día tras día y semana tras semana. El 16 de rnarzo el indicador eléctrico llevaba treinta y tres minutos de retraso, y se co de 1928 de 7,54 dólares por acción, que, en función de las “ganancias por diez”, tanto tiempo tenidas por buenas, habría sugerido lo apropiado de un precio no mucho mayor de ciento, pero tal principio había sido descartadlo hacia mucho tiempo. La Bolsa, cómo dijo Max Winkier, des¬contaba “no ya el futuro sino la posteridad”. Montgomery Ward perdió 29 puntos la mañana del mismo enervante sábado, y la International Harvester cayó de 368,5 a 307. Pero, lo mismo que había sucedido en junio, el mercado se enderezó en el. preciso momento que parecía in¬ciarse la desmoralización, se sucedieron unas cuantas semanas de precios desiguales, y después comenzó de nuevo el avance.
Los bancos del Sistema de Reserva Federal habían elevado nueva¬mente el tipo de redescuento en julio a 5 por 100, y la especulación se había visto afectada solo momentáneamente. Aparentemente, los es¬peculadores estaban dispuestos a pagar cualquier precio por el dinero, aunque siguieran aumentándolo. Las autoridades del F. R. S. habían espe¬rado pacientemente a que esta fiebre especulativa se curara por si misma, y lo que había sucedido es que la fiebre se había hecho más violenta. Las cosas sucedían tan rápidamente que si elevara otra vez el interés no solamente se arriesgarían a producir un terrible quebranto en la Bolsa, en apariencia deliberada e imprudentemente, sino también a perjudicar los negocios obligándoles a pagar unos tipos de interés más elevados. Además temían también una mayor acumulación de oro en los Estados- Unidos y el efecto que esto podría producir en el comercio internacional. Y el tesoro tenla otra preocupación especial en lo que res¬pecta a los tipos de interés; tenía que llevar a cabo su propia financia¬ción, y el secretario Mellon no se mostraba nada entusiasta, natural¬mente, de tener que obligar al Gobierno a pagar un tipo caprichoso para su propio uso corriente. Parecía casi como si no hubiera otro camino que el desastre para conseguir la deflación.
El F. R. S. se enfrentó, por fin, con el dilema, imaginando un nuevo e ingenioso plan. Trató de impedir el nuevo préstamo de los fondos del Sistema a los corredores de Bolsa sin elevar el tipo de redescuento.
El 2 de febrero de 1929 publicó la siguiente declaración: “La Ley de Reserva Federal no autoriza el uso de los bancos del F. R. S., para la creación o ampliación del crédito especulativo. Un banco afiliado del Sistema no tiene derecho a las facilidades de redescuento en los bancos de Reserva Federales cuando sus empréstitos son realizados con finalidades especulativas”’
La consecuencia inmediata de tal declaración fue un colapso bre¬vísimo de los precios de las acciones. Las consecuencias inmediatas, conforme los bancos del Sistema ejercían presión sobre sus bancos afiliados para pedir préstamos solamente por lo que estimaban legítimos objetivos de negocio, fue, naturalmente, otro aumento de los tipos do interés para préstamos diarios. A fines de marzo, cuando Herbert Hoover ya había entrado en la Casa Blanca, y el anterior santo patrón de la prosperidad se habla retirado a Northampton a recrearse en los deleites de la autobiografía, el apuro del dinero llegó a otró súbito y alarmante punto critico. Los precios de las acciones hablan estado bajando durante varios días cuando el 26 de marzo el interés de los préstamos diarios saltó del 12 al 15 por 100, después al 17 y, finalmente, a! 20, el más alto desde los días funestos del 1921. Se produjo otro vertiginoso bajón en los precios. El movimiento de acciones en la Bolsa superó la marca de noviembre, alcanzando 8.246.740 acciones. Una vez más, miles de solicitudes por un mayor beneficio llegaron a los especuladores, y miles de participantes en la prosperidad futura del país vendían y vendían con la pérdida total y absoluta de todo lo que habían ganado. Nuevamente el gran mercado alcista parecía estar en las últimas.
Aquella tarde varios bancos de Nueva York decidieron acudir al remedio. Sea cual fuere lo que pensaran de la nueva política del F. R. S., creyeron que amenazaba un pánico, y decidieron que cualquier cosa era mejor que el pánico. Al día siguiente, Charles E. Mitchell, presidente del National City Bank, anunció que su banco estaba dispuesto a prestar 20 millones a la demanda, de los cuales cinco se prestarían al 15 por 100, otros cinco al 16, y así sucesivamente hasta el 20 por 100. Este anuncio de Mr. Mitchel, que el senador Carter Glass describió como una bofetada a la Junta de la Reserva Federal, tuvo el efecto de fijar el interés para dichos préstamos en el 15 por 100, evitando así el pánico que amenazaba. Después de lo cual las acciones no solo, cesaron en su precipitada caída, sino que se recuperaron con buen ánimo.
La lección era sencilla: el público no se apartarla de la Bolsa por nada, a no ser un desastre de consideración.
Durante un mes o dos después las acciones subieron y bajaron sin uniformidad, precipitándose en la baja en una ocasión en mayo, y el nivel de los préstamos de los corredores se redujo un tanto, pero no se produjo la liquidación total. Gradualmente el dinero comenzó a fluir más abundantemente a la especulación, no obstante las barreras levan¬tadas para ofrecer su superavit de caja para préstamos diarios al 8 ó 9 por 100, sin hacerlo a través de un banco afiliado al F. R. S., y estaban muy dispuestos a hacer un uso tan remunerativo de su dinero, como el aumentó de préstamos por otros demostraba. Los mismos bancos afi¬liados, dándose cuenta de esto, mostraban señales de inquietud. En junio comenzó otra vez el alza como si nada hubiese ocurrido. Las auto¬ridades del F. R. S. habían sido batidas.
LA LOCURA DE 1929
Durante el verano de 1929, los precios se habían remontado, a mu¬cha mayor altura que el invierno anterior, en el azul y sereno empíreo. Todas las viejas marcas por las que podía medirse el precio de una ac¬ ción prometedora ordinaria habían caído hacía tiempo. Si una acción valorada a 100 había pasado a 300, ¿qué le iba a impedir remontarse a 400? ¿Y por qué no acompañarla en busca de 50 ó 100 puntos para encontrar el camino fácil al final del viaje?
Una y otra vez los economistas y los profetas habían dicho: El lobo, el lobo!, y el lobo solo había hecho unas fugaces visitas. Una y otra vez el I.R.S. había expresado sus temores de inflación, y ésta no había empeorado los tiempos. ¿La economía estaba en peligro? ¡Qué tontería! Las fábricas trabajaban a plena producción y los índices estadísticos mostraban una salud industrial excelente. ¿Existía amenaza de superproducción? ¡Otra tontería! ¿No estaban los negocios comprometidos sólo a adquisiciones inmediatas y los precios de los artículos no se mantenían a niveles razonables? ¿En dónde estaban los estantes abarrotados de artículos, los pesados inventarios, que los analistas de la economía aceptaban universalmente cómo signos de tormenta? ¡Considérense las características de las acciones que ahora dirigían el avance! En un momento en que muchos de los valores activos de los primeros meses perdían terreno, los avances realmente sensacionales los hacían las ac¬ciones de compañías tan sólidas y tan conservadoramente dirigidas como la United States Steel, la General Electric y la American Telepho¬ne, precisamente aquellas que un inversionista astuto hubiera escogido con vistas al futuro.
Por todos los lados se oían expresiones de la nueva sabiduría. ¿Que se va a terminar la prosperidad? ¡Si apenas hemos empezado! Juegue al alza en Norteamérica! ¡Nunca venda a la baja los valores de los Estados Unidos! Yo le digo que todos estos precios parecerán ridículamente bajos dentro de un año o dos! ¡Observe estas acciones, llegarán a 500! Las posibilidades de la compañía X son ilimitadas! ¡No renuncie nunca a unas acciones valiosas! Todos oían cuántos millones hubiera tenido alguien que hubiese comprado en 1919 100 accio¬nes de la General Motors y las hubiese conservado. A todos se les recor¬daba en distintas ocasiones que George F. Baker nunca había vendido nada. Y, en cuanto a la amenaza de especulación, se aseguraba locuazmente que, como Stokes, ex -gobernador de Nueva Jersey, había afir¬mado en un elocuente discurso, Colón, Washington, Franklin y Edison habían sido todos ellos unos especuladores. “El camino hacia la riqueza, escribió John J. Raskob en un artículo en el Ladies Home Journal, tentadorarnente titulado “Todos deben ser ricos”,es participar del beneficio de la riqueza de producción en este país”, y observaba que si uno ahorrara 15 dólares solamente y los invirtiera en buenas accio¬nes corrientes, dejando acumular dividendos y derechos, al cabo de vein¬te años tendría por lo menos 80.000 dólares y una renta procedente de una inversión de 4O9 dólares mensuales cómo mínimo. ¡Todo era tan fácil! Las puertas de la fortuna estaban abiertas de par en par.
PRECIOS EN EL PINÁCULO
En septiembre ]a Bolsa alcanzó su relumbrante cima. Detengámonos un momento para observar unos cuantos precios de los registrados en el abrumado indicador eléctrico, si el 3 de septiembre de 1929, día en que los promedios Dow-Jones alcanzaron su punto más elevado del año, y comparémoslos con los precios. de apertura del 3 de marzo de 1928, cuando, como se recordará, parecía que el mercado alcista había alcan¬zado ya unas alturas peligrosas. Aquí están, lado a lado; primero las cifras de marzo d8 1928, después las de septiembre de 1929 y, por último, las de 1929 en términos de 1928, es decir, revisadas para tener en cuenta las divisiones y las emisiones de derechos. (Solamente así se puede valorar adecuadamente la medida del avance durante tales die¬ciocho confiados meses.)
ACCIONES:
American Can
A. Telephone & Telegraph
Anaconda Copper
General Electric
General Motors
Montgomery Ward
New York. Central
Radio
Union Carbide & Carbon
United States Steel
Westinghouse E & M
Woolworth
Electric Bond & Sham
Precio de
apertura
(3 de marzo
de 1928)
179 1/2
54 1/2
128 3/4
139 3/4
132 3/4
160 1/2
94 1/2
145
138 1/8
91 5/8
180 3/4
89 3/4
Preclo más
Alto (ajustado)
(3 de septiembre
de 1929)
181 7/8
335 5/8
162
396 1/4
181 7/8
466 1/2
256 3/8
505
413 5/8.
279 1/8
3;18
251
203 5/8
HACIA ABAJO
A principios de septiembre la Bolsa falló. Pero se recuperó rápidamente; en realidad los promedios del New York Times del 19 de septiembre alcanzaron un nivel aún más alto que el del 3 del mismo mes. Volvió a bajar, cada vez con más rapidez, hasta que el 4 de oc¬tubre los precios de muchas buenas acciones se aproximaron a los que parecían considerables gangas. Steel, por ejemplo5 después de haber alcanzado 261 3/4 una semana antes, habla bajado a 204; al cierre del 4 de octubre la American Can estaba cerca de veinte puntos por debajo de su cotización más alta del año; General Electric más de 50; Radio habla bajado de 114 3/4 a 82 1/2.’
Una baja mala, ciertamente, pero ya había habido otras, y los especuladores que se hablan librado sin daños quisieron aprovecharse de la lección aprendida en junio y diciembre de 1928 y en marzo y mayo de 1929: cuando se producía una baja era buen momento para comprar. Frente a esta tremenda liquidación, los préstamos a corredo¬res contra valores negociables, compilados por el Banco Federal de Re¬serva de Nueva York, alcanzaron un nuevo record de 6.804.000.000 de dólares, signo seguro de que los compradores marginales no deserta¬ban del mercado, sino que concurrían a él en proporción por lo menos no disminuida. Y, como es natural, los precios comenzaron otra vez a subir.
Sin embargo, algo no iba bien. La baja comenzó otra vez. Pero se produjo escasa alarma auténtica hasta la semana del 21 de octubre. Mientras tanto, la opinión común era que la tormenta equinoccial de septiembre no habla descargado por completo. La Bolsa se reajustaba a si misma a una posición técnica más segura.
PÁNICO: 24 DE OCTUBRE DE 1929
La esperada recuperación de la Bolsa no se produjo. Pareció que comenzaba el martes 22 de octubre, pero las ganancias conseguidas durante el día se perdieron totalmente en la última hora. Y el miércoles 23 la liquidación parecía un verdadero Niágara.
El día siguiente, 24 de octubre, era jueves.
En día tan importante las acciones se ofrecieron firmes, pero en enorme volumen. Kennecott apareció en la cinta del indicador eléctri¬co en un bloque de 20.000 acciones, y en la misma cantidad General Motors. Casi en seguida el indicador eléctrico comenzó a retrasarse con respecto a las operaciones del parquet. La presión de las Ordenes de venta fue de un volumen desconcertante. Los precios comenzaron a caer... En seguida cayeron más y más, con gran rapidez... Antes de la primera hora de negocio, ya estaba claro que caían con una violen¬cia sorprendente y completamente insólita. En las oficinas de los co¬rredores de todo el país, los observadores del indicador se miraban unos a otros perplejos y atónitos. ¿De dónde diablos venla este torrente de órdenes de venta?
Probablemente nunca se sabrá la exacta respuesta a esta pregunta, pero lo que parece probable es que la causa principal de la baja de precios durante esta primera hora de la Bolsa el 24 de octubre no fue el miedo. Ni obedeció a ventas en descubierto, sino a ventas forzosas. Fue la precipitación en la Bolsa de cientos de miles de acciones custo¬diadas en nombre de negociantes modestísimos, cuyos beneficios se hablan agotado o estaban a punto de agotarse. El edificio gigantesco de los precios estaba minado con crédito especulativo y ahora se derrum¬baba por su propio peso. No parecía haber soporte alguno. Abajo, abajo, abajo. La gritería de la sala de operaciones de la Bolsa era de pánico. En el espacio de dos cortas horas, docenas de acciones perdieron te¬rreno que hablan necesitado muchos meses de mercado alcista para ganar.
Pocos minutos antes de mediodía, algunas personas más vivas de la multitud pie se había reunido frente a la Bolsa, esperando no se sabe qué, reconocieron a Charles K. Mitchell, antaño defensor del mer¬cado alcista, introduciéndose calladamente en las oficinas de J. P. Mor¬gan& Co., en la esquina de enfrente. Mr. Mitchell fue seguido inmedia¬tamente por Albert H. Wiggin, presidente del Chase National Bank,
William Potter, presidente de la Guaranty Trust Co., y Seward Prosser, presidente de la Bankers Trust Co. Habían ido a conferenciar con Thomas W. Larnont, de la casa Morgan. En pocos minutos, estos cinco hombres y George F. Baker, hijo, del First National Bank, acordaron en representación de sus instituciones contribuir cada uno con cuarenta millones para apuntalar la Bolsa. El objeto de este fondo de 240.000.000 de dólares no era, como después explicó Mr. Lamont, conservar los precios a un nivel determinado, sino simplemente hacer las compras precisas para mantener ordenada la negociación. Y decidieron que lo pri¬mero que debía hacerse era tratar de afirmar los precios de las princi¬pales acciones que servían como guías de todos los demás. Era uu plan peligroso, porque con la histeria extendiéndose, no se podría decir qué desastre estaría al acecho. Pero no había tiempo más que para la acción más atrevida.
Conforme la noticia de que los banqueros estaban reunidos se ex¬tendía por la sala de operaciones, los precios comenzaron a calmarse. Pronto se produjo una nueva animación. Steel volvió al nivel de apertura de aquel día. Pero los banqueros tenían algo más que ofrecer al mercado alcista moribundo que asociarse con Morgan.
Alrededor de la una y media, Richard Whitney, vicepresidente de la Bolsa, que generalmente actuaba como corredor por Morgan, se acerco al corro de la Steel y ofreció 205,el precio de la venta anterior,
por 10.000 acciones de la misma. Compró solamente 200 acciones y dejó el resto en manos del especialista. Después se dirigió a otros pun¬tos y ofreció el precio de la venta anterior por 10.000 acciones de cada una de las quince o veinte acciones, haciéndose cargo de las que le fueron vendidas a dicho precio y dejando las otras en manos del especialista. En resumidas cuentas, en unos cuantos minutos, Mr. Whitney ofreció comprar veinte o treinta millones de dólares de acciones. Las compras de esta magnitud no se hacen en representación de Tom, Dick o Harry; estaba claro que Mr. Whitney representaba al grupo de banqueros.
El desesperado remedio dio resultado, y volvió la confianza o una apariencia de ella. Los precios se sostuvieron por algún tiempo, y, aun¬que la mayor parte bajaron otra vez en la última hora, los resultados netos del día pudieron muy bien haber sido peores. Steel cerró dos enteros más alto que el miércoles, y las pérdidas netas de las otras ac¬ciones más cotizadas se elevaron solamente a menos de diez enteros cada una en todo el día.
De todas las formas había sido un día horrible. A las siete de la tarde, los indicadores aún funcionaban en mil oficinas de corredores, y hasta ocho minutos después no registraron la última venta hecha en la Bolsa a las tres de la tarde. El volumen de negociación alcanzó otro nuevo record: 12.894.650 acciones (Quizá llegue el día en que se ne¬gociarán cinco millones de acciones, habían manifestado los sabios de Wall Street veinte meses antes). Rumores increíbles se habían extendido como la pólvora durante las primeras horas de la tarde: once especu¬ladores se habían suicidado, las Bolsas de Buffalo y Chicago habían cerrado, las tropas protegían la de Nueva York contra la multitud irritada. El país habla conocido el gusto amargo del pánico. Y, aunque el grupo de banqueros había impedido una catástrofe aún mayor, por el momento, esto no contradecía el hecho de que la estructura económi¬ca se habla resquebrajado por completo.
¡CRASH!
Las cosas presentaban mejor aspecto el viernes y el sábado. La ne¬gociación efectuada fue todavía enorme, pero los precios se sostenían en su mayor parte. En el preciso momento en que el grupo de banque¬ros disponía con cautela de la mayoría de acciones que habla acumu¬lado el jueves, preparándose así para futuras emergencias, los nego¬ciantes que hablan vendido alto volvían a la Bolsa y compraban de nuevo, con la esperanza de que ya se había alcanzado el fondo. Pero hacia el cierre de la sesión del sábado los precios comenzaron de nuevo a ceder. Y de nuevo se produjo la rota el lunes.
Apenas habla sonado la campana en el gran vestíbulo de la Bolsa, a las diez de la mañana del martes, cuando la tempestad se desató in¬contenible. Bloques inmensos de acciones se precipitaron a la Bolsa por cualquier precio. Cinco mil acciones, diez mil acciones aparecieron a un tiempo en el fatigado indicador con espantosas reducciones de precio. No solamente vendían innumerables pequeños negociantes, sino también los grandes protagonistas de la nueva era económica que se habían considerado millonarios unas semanas antes. Una y otra vez, el especialista en una acción se encontraba rodeado de agentes luchando por vender, y absolutamente nadie que pensase en comprar. Para dar un solo ejemplo: durante el mercado alcista las acciones ordinarias de la White Sewing Machine Co. se hablan elevado a 48; el lunes 28 de oc¬tubre, cerraron a 11 1/8. El martes negro alguien, se rumoreó que un avispado botones de la Bolsa, tuvo la brillante idea de ofrecer comprar a 1 y en ausencia por el momento de otras ofertas adquirió las ac¬ciones por un dólar cada una. La escena fue caótica. A la media hora de la apertura se habían negociado más de tres millones de acciones; a las doce, más de ocho millones; a la una y media, doce millones, y cuan¬do la campana de cierre acabó con la locura del día,.se registro el gi¬gantesco record de 16.410.030 acciones. Hacia el final se produjo una
recuperación, pero en ese tiempo los promedios del New York Times de 50 acciones principales se hablan reducido casi en cuarenta enteros.
Entre tanto, se habla producido algo semejante al pánico en otros mercados, en las Bolsas extranjeras, en las otras Bolsas norteamericanas, en el mercado de cereales.
Al día siguiente, miércoles 30 de octubre, la perspectiva se aclaró súbita y providencialmente. Los directores de la Steel Corporation de¬clararon un dividendo extra; los directores de la American Can Co. tambien y además elevaron el dividendo normal. Hubo otra serie de decla¬raciones tranquilizadoras, aunque ya en esta época las de un finan¬ciero encontraban oídos escépticos. Pero, lo que fue mejor, los precios subieron, uniforme y boyantemente. Al fin había llegado la época en que la tensión de la Bolsa podía ser aliviada sin causar alarma indebida. A las dos menos veinte el vicepresidente Whitney anunció desde la tribuna que la Bolsa no abrirla hasta las doce del día siguiente y que cerraría todo el día durante viernes y sábado, observando con gran alivio que el anuncio fue acogido no con renovación del pánico, sino con regocijo.
En la corta sesión del jueves continuó la recuperación. Los precios variaban locamente. ¿quién podía llegar a hacerse una idea razonable de lo que valía una determinada acción, cuando todas las normas de valoración establecidas habían sido alteradas?—. Pero lo peor de la tormenta parecía haber ya pasado. La comunidad financiera respiraba más tranquilamente;. ahora parecía existir la oportunidad de poner las cosas en orden.
Era verdad que lo peor del pánico había pasado. Pero no los peo¬res precios. Aún se habla de producir mucha liquidación forzada, con¬forme las cuentas de los agentes fueron poniéndose gradualmente en orden, los bancos iban pidiendo más préstamos pignoraticios y el terror se renovó. La semana siguiente, en una serie de sesiones cortas, los pre¬cios se redujeron aún más, hasta que por fin, el 13 de noviembre se registraron los precios mas bajos del año 1929, verdaderamente trági¬cos en comparación con las cifras de los soleados días de septiembre.
Los promedios del New York Times. de cincuenta acciones seleccionadas se habían reducido casi a la mitad, desde 311,90 en septiembre a 164,43 el 13 de noviembre, y los del misino periódico de 25 valores Industriales eran aún peores, hundiéndose de 469,49 a 220,95.
El gran mercado alcista había muerto. Miles de millones de dólares de beneficios y ganancias por realizar hablan desaparecido. El, tendero, el limpiador de ventanas y la costurera hablan perdido su capital. En todas las ciudades había familias que habían caído desde la ostentosa riqueza a la situación de deudores. Los inversionistas que habían soñado con retirarse a vivir de sus fortunas se encontraron ahora de nuevo en el comienzo del camino hacia la riqueza. Todos los días los periódicos insertaban noticias de suicidios,
La prosperidad Coolidge.Hoover no había muerto todavía, pero estaba moribunda. Bajo el impacto del pánico, multitud de males, que hasta: el momento habían pasado inadvertidos o que se habían compensado con el optimismo de la Bolsa, comenzaron a cebarse en el cuerpo económico, como los venenos se filtran a través del cuerpo humano cuando un órgano vital cesa de funcionar normalmente. Aunque la liquidación de cerca de tres millones de dólares en préstamos a corredores .contra valores negociables originó una contracción del crédito, y los bancos del F.R.S. redujeron la tasa de redescuento, y el hecho de que’ los bancos y las grandes empresas del país hubieran salido del atolladero sin una sola catástrofe de grandes proporciones, proporcionaba un es¬timulo real, los venenos estaban presentes: superproducción de capital; exceso de ambición de muchas firmas industriales; superproducción de artículos bajo el estimulo de compra a plazos y compra con beneficios de la Bolsa; mantenimiento de un nivel do precios artificial de muchos artículos, decaimiento en la situación del comercio europeo. No obs¬tante los muchos arúspices de las altas finanzas que auguraban que todo iba bien, a pesar del ánimo con que el presidente se puso a trabajar para reparar el daño con suaves palabras y conferencias de Ia Casa Blanca, UNA GRAN DEPRESIÓN ERA INEVITABLE.
ACCIONES:
American Can
American telephone & Teiegraph
Anaconda Copper
General Electric
General Motors
Montgomery Ward
New York Central
Radio
Union Carbide & Carbon
United States Steel
Westinghouse E. & M
Woolworth
Electrlc Bond & Share
Precio mas alto
(3 de septiembre
de 1929)
181 7/8
304
131 1/2
396 1/4
72 3/4
137 7/8
256 3/8
101
137 7/8
261 314
289 7/8
100 3/8
186 ¾
Preclo más bajo
(13 de noviembre
de 1929)
86
179 1/4
70
186 1/8
36
491/4
160
28
59
150
102 5/8
52 1/4
50 1/4
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