Juan no puede más. Tumbado sobre la cama, se desploma en su trasfondo. Quiere evaporarse, dejar de pensar. Cerrando los ojos, llevándose la yema de los dedos a unos párpados que no pueden descansar, nota cómo el pesado latir de su corazón parece un traqueteo en un vagón de madrugada. Trayecto Madrid-Lisboa, en el tren de los muertos. Hace diez meses enterró a Soledad. Era Ella. Bien sabré que puede haber ellas, pero ya jamás Ella. Pese a que busca huir, no puede evitarlo. Piensa:
“Vivir, vivir vivir... Todos me dicen lo mismo: hay que tirar, seguir hacia delante. Hay que vivir... ¿Vivir? ¿Cómo voy a vivir? ¡Cómo voy a vivir! Para qué, si ya no estás. Si ya me da igual lo que antes me quitaba el sueño. Antes, antes... cuando tú estabas, volvía a casa feliz o hundido, y cegado, te contaba a borbotones las cosas que me habían pasado durante el día. En el curro, en la peña, con mi madre, con ese proyecto que me extasiaba. Tú estabas. En silencio. Sonreías. O no. Daba igual: yo soltaba mi discurso, para mí. Creo que me daba igual si asentías o te indignabas. No me fijaba. No era consciente de que estabas. Sabía que estabas. Pero ahora no sé si realmente lo sabía. Con lo que ahora daría por que estuvieras...
Mataría porque durante el resto de mi vida (¿vida? ¿vivir? ¿existo?), al volver a casa, estuvieras. Yo te abrazaría. Y no diría nada. Te agarraría, te apretaría contra mí. No te soltaría, por si te vuelves a ir. Sólo te miraría. Tú seguirías sin decir nada. O no. Sonreirías. O no. Pero me daría igual. Porque estarías... No lo soporto, no lo soporto. No soporto un silencio real, vacío. Mataría por el silencio eterno de tu presencia, aunque fuera por un segundo. Yo te abrazaría y, cerrando los ojos... oliéndote... saboreándote... amándote... jamás te volverías a ir.
Me importa una mierda que me pidan que viva. No quiero, no quiero. Sé que ya estoy muerto. Lo sé, porque es verdad. Porque tú, sólo tú, eres Soledad. Porque sólo tú eres mi Soledad. Porque no estás, porque ya no estarás. ¿Por qué? ¡Por qué! Maldita sea, sabes que cuando te enamoras pude ser el inicio de un disgusto. El primer mes, el primer aniversario: piensas que en cualquier momento puede llegar el ‘adiós y encantada, suerte’. Sería un palo, pero no un laberinto sin salida que durara para siempre. Y así, si pasan los otoños y las primaveras, sin novedad, en comunión, según pasan los años, te sientes seguro. Con el piso y la boda, crees que ya es definitivo, salvo catástrofe. Pero por caos y caída piensas en otro entrando y saliendo en ti. O en una bancarrota. O en la bronca del siglo, por la que se dicen cosas que son punto de no retorno. Pero no, no piensas en la muerte. Eso es para dentro de muchos años, cuando hay hijos o amigos que te dan el pésame con una palmadita en una columna quebrada y apoyada en un bastón.
Pero has muerto. No hay marcha atrás. Sí, te vi en el suelo. Pálida, sin pulso, con los ojos abiertos y asustados. Yo no estaba. Te fuiste sola. Tenías miedo, lo sé. Ahí estaba yo después, aunque el recuerdo me hace verlo sobrevolando por encima de mi cabeza y la de los demás, incrédulo, cuando el ataúd desapareció tras la última paletada de cemento. Era yo el que volvía a casa, solo, y dormí en nuestra cama, solo, sabiendo que ya era sólo ‘la casa y la cama de Juan’. Ya jamás ‘la casa y la cama de Juan y Soledad’.
Soledad, ¿dónde estás? ¿Por qué? ¡Por qué! Tú vida se murió y, con ella, la mía también. Ya sabes que siempre he pensado que vida sólo hay una. Aquí. Ahora. Y nada más. ¿Vivir si tú no estás? Para qué...”.
Juan ya no se volvió a levantar de la cama. Al día siguiente se lo encontraron muerto. Estaba pálido, sin pulso. Tenía los ojos abiertos. Pero él no tenía miedo. Había muerto con la extraña tranquilidad de la tortura, con el sosiego de la desesperanza. Había muerto como antes moría la gente mayor en los pueblos: de tristeza. Pero él era joven y había muerto de amor. Había muerto de amor en la casa y la cama que volvió a ser, para siempre, ‘la casa y la cama de Juan y Soledad’.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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