Noche de las ánimas. Carcaj precursor de la insigne luminosidad de Todos los Santos, al amanecer. Sin embargo, esa luz sólo será absoluta para los Hijos de la Fe. Muchos, con paso sin brújula, arrastran el pesar del vacío del alma de la que no se tiene constancia. Existencialistas y unamunianos unos: quiero creer, pero no creo. Seguidores del ‘ser o no ser’ los otros: ¿creo?. Los restantes, miembros de la feligresía consagrada al nihilismo militante: ‘Dios ha muerto’, reza su epitafio ateo.

Es Landete. Es el cementerio. Hace frío en la madrugada triste. Un grupito musita su oración: “Hilario, Inés, Eloira, Elisa, Luis, Agapito, Jose, Hilario... Orate pro nobis”. Es un colectivo esperanzado, por lo que sus zamarras no están teñidas de luto definitivo. Quieren ser Tabor, blancura resplandeciente en las camisas, pero no tienen la suficiente fe para esa certeza. Lo suyo es, pues, la esperanza, el deseo.

No muy lejos de allí, en el panteón vecino al vecino, Napoleón II y Luis XVII mascullan su amargura con vino peleón y debate de pareja. Dupla francesa, de altas ínfulas sociales, aunque de olvido histórico. El Bonaparte fue el puente invisible entre dos titanes de la fuerza, la arrogancia y la traición a unas ideas: autoritarismo en nombre de la libertad. El de la Corona, hijo de los dos monarcas guillotinados en nombre de la libertad que había de ser silenciada por el autoritarismo que la impondría. Sólo tuvo el número en latín por apellido a causa de la búsqueda infértil de la legitimidad, pues jamás fue rey verdadero. A los diez años de edad, murió en la cárcel que albergó el último hogar de sus magnos padres, caídos en la desgracia. Sin corazón, su cuerpo mutilado cayó en la masa de ‘ciudadanos’ sospechosos de querer tener subjetividad. El Bonaparte, desconocido por la Historia, tampoco pasó de los veinte años. Borrachas ya, ambas calaveras brindan por sus precedentes y sucesores famosos: Napoleón I, Napoleón III... Luis XVI, Luis XVIII. ¡Malditos bastardos!, que diría un loco filmador de guiones negros y tensos.

Muchos santos no tienen quien les rece. Nadie pide su intercesión: no tienen posibilidad de actuar tras morir, de demostrar que laten de vida tras morir. Sin milagro contrastado, no tendrán día propio para el recuerdo de miles y miles. De personas y de años. Por eso, en el cementerio de Landete, donde hay rosarios guardados bajo las flores que iluminan las lápidas, hay un sacerdote, muerto en los albores del siglo XIX, que sí rememora a todos los difuntos creyentes y consagrados por la Verdad. El sacerdote, de nombre desconocido, sí supo en vida de Napoleón II y Luis XVII. Advirtió en su día la esquela informativa de su adiós en la página 13 del periódico: titular a una línea y dos párrafos.
Bondadoso, al ser seguidor de la escuela de San Manuel Bueno Mártir, el cura agnóstico, y de Don Juan Tenorio, el crápula converso en el último suspiro, llora por los dos gabachos olvidados porque nunca fueron recordados.

Arrastrando sus tibias sin piel, llega hasta ellos. Mirándoles con las cuencas de unos ojos inexistentes, les ofrece la absolución y el descanso final por misericordioso: “Hijos míos, sede felices. Los hombres de hoy no os conocen ya, como de mí tampoco guardan reseña. Pero yo os digo, ánimas atormentadas, que Dios os ofrece su sonrisa presente. Os da un fuerte abrazo. Os quiere. Ya no sois ánimas deambulantes. Sois Santos. Y como tal, como todos los justos celestes, hoy es vuestro día. Primero de noviembre, en Landete y en el mundo entero”.

Napoleón II y Luis XVII, alcanzando ellos sí el Tabor, al fin sonríen. Para siempre.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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