El jardín de los narcisos
Si ser educado significa – entre otras acepciones - actuar de modo respetuoso con los demás, entonces tenemos un misterio que resolver: o no tenemos claro el alcance de la palabra “respeto” o estamos rodeados de impresentables. O las dos a la vez. Fallamos en la base. Nos falta este convenio cívico que pudiera ayudarnos a sujetar estos arrebatos de visceralidad que nos pierden cada día con más frecuencia. Sólo hay que echar un vistazo a nuestro alrededor para apercibirnos de que en materia de autocontrol – base para la convivencia en democracia - la cosa no va del todo bien. Estamos construyendo una sociedad que cada vez más se asemeja a un jardín repleto de narcisos, individuos egocéntricos y caprichosos cultivados en la permisividad, regados en la irresponsabilidad, y abonados en el pasotismo y la insolidaridad. Despóticos y vociferantes reyezuelos que se han erigido en dueños absolutos de calles, aceras y platós. Identidades epidérmicas y esperpénticas, egos hambrientos de emociones “fuertes” que den sentido a su paupérrima existencia, y que por ello aplauden a rabiar todo lo que huela a trasgresión, escándalo, y desmadre, mientras despotrican de todo lo que suene a orden y concierto. Modernos bárbaros de todas las edades, procedencias y colores, que han hecho de la vulgaridad, bandera, del incivismo, asignatura, y de la descortesía, regla. La única que no se saltan. Por cierto.
Ignasi Castells Cuixart, La Garriga (Barcelona)