Cuando veo la bonita sonrisa de una mujer guapa, aquello sin duda me gusta. Con la simple visión de unos labios rosados, carnosos y brillantes medio abiertos, y de una hilera de blancos dientes perfectamente colocados entre ellos, se liberan en mi cerebro determinados neurotransmisores que lo invaden como una ola de placer, y a veces pienso que podría quedarme mirando aquellos rasgos durante horas y horas.
Ahora bien, yo soy un producto más de la evolución biológica, un largo proceso de acumulación de información en el que la lucha por la supervivencia y la reproducción han seleccionado aquellos rasgos que fueran útiles para la vida. Por tanto, aquello debe de tener alguna utilidad. ¿Pero cuál puede ser? ¿Para qué puede servirme el quedarme embobado mirando una preciosa sonrisa?
Mi cerebro es una gran "caja negra" que conecta la enorme cantidad de sensores repartidos por mi cuerpo con todos los músculos que permiten mover mi esqueleto; y con un poco de suerte, aquellas conexiones están ordenadas de tal manera que mis respuestas, ante las variadas situaciones en las que me pueda colocar la vida, serán las más adecuadas para maximizar la duración de mi existencia. Aunque eso no es seguro... ya veremos si al final no es alguna gilipollez lo que me mata.
Prácticamente desde que hay animales pluricelulares, todos se han visto enfrentados a la misma pregunta durante su día a día: La cosa que tengo delante, ¿me la puedo comer, o se me comerá ella a mí? La respuesta a esa pregunta condiciona definitivamente lo que un animal debe hacer con sus músculos; si lanzarse al ataque o si batirse en retirada. Y la función del cerebro, en todos los organismos que disponen de uno, es en mayor o menor medida contestar esa pregunta.
Pero en las especies que nos reproducimos por el divertido método sexual, que es entretenido hasta cuando uno no tiene en mente la reproducción, el cerebro tiene que responder una gran pregunta adicional. A saber, si uno es un macho, lo que tengo delante, ¿me lo puedo joyar?, y si es una hembra, lo que tengo delante, ¿me lo debo joyar?, que tiene implicaciones diferentes. Eso entendiendo por "macho" el individuo que tiene células reproductoras pequeñas y móviles, y por "hembra" el individuo cuyas células reproductoras son grandes y estáticas.
Para responder esas preguntas, mi sistema nervioso tiene tres tipos básicos de conexiones entre células sensoriales y células efectoras.
En la parte evolutivamente más moderna de mi cerebro, el lóbulo frontal, las neuronas están conectadas de forma que la información procedente de mis sentidos se digitaliza y se analiza su significado antes de generar una respuesta compleja. Aquella red neuronal es la responsable, por ejemplo, de coordinar el movimiento de mis dedos para que yo pueda teclear mis palabras, pero tiene poco que ver con las razones para quedarme agilipollado mirando cómo los reflejos brillantes de unos labios rojizos son realzados con un bonito colgante de plata.
En una parte más antigua de mi cerebro, en la amígdala, el mecanismo para conectar las células es más simple. Cada estímulo -representado por una neurona que es la suma de muchas fibras sensoriales diferentes- se conecta con múltiples respuestas posibles -representadas por neuronas conectadas cada una, en última instancia, a un juego de músculos diferente-. Así, en respuesta a las diferentes situaciones en las que se encuentre mi amígdala, podrá dar alguna respuesta que sea favorable.
Lo malo es que mi amígdala, de entrada, no sabe muy bien cuál es la respuesta favorable ante un estímulo. Las conexiones se establecieron de un modo bastante aleatorio durante mi desarrollo embrionario, y probablemente muchas de ellas no sean las adecuadas. Para aprender cuáles sí lo son, mi amígdala -como la de todos los vertebrados- viene equipada con un mecanismo de retroalimentación negativa y positiva.
Si mi amígdala me instruye hacer algo equivocado, muy probablemente me lleve una hostia, ya sea en sentido literal o figurado; en cualquier caso, es probable que las consecuencias de la equivocación conlleven cierto dolor. Y cuando aquello ocurra, se liberarán en mi cerebro neurotransmisores específicos que indicarán a mi amígdala que debe borrar la conexión que dio lugar al equívoco. Las células gliales interrumpirán la nutrición de las neuronas implicadas, y aquella conexión se perderá para siempre. Si me vuelvo a encontrar con el mismo estímulo en el futuro, mi amígdala no me instruirá hacer la misma estupidez que me instruyó hacer en el pasado.
Cuando por fin responda a mis estímulos haciendo algo que realmente me resulte beneficioso, como por ejemplo comerme un chuletón de medio kilo, o dejar escapar unos pocos gramos de células reproductoras, en mi cerebro no se señalizará el evento con neurotransmisores de dolor, sino que se señalizará con neurotransmisores de placer. Una oleada de placer invadirá mi amígdala, y entonces, las células gliales alimentarán generosamente a las neuronas implicadas en aquella reciente decisión; de modo que sea esa la que vuelva a tomar si algún día me veo en la misma tesitura.
El sistema de placer y dolor es un mecanismo de retroalimentación positiva y negativa que permiten a mi amígdala aprender, a lo largo de mi vida, cuáles son las respuestas más adecuadas con las que debe responder a lo que me encuentre. Nuestra política actual de evitar a toda costa cualquier dolor que pueda afectar a los niños elimina un pilar fundamental de su aprendizaje -toda la parte de retroalimentación negativa que suministra información crítica a su amígdala- y quizá por ello muchos niños y jóvenes de hoy día parecen no saber bien dónde están los límites de un comportamiento tolerable.
Pero hay un conjunto de conexiones de la amígdala cuyo establecimiento sí está cuidadosamente dirigido genéticamente, y aquél es el que nos permite reconocer a individuos de nuestra propia especie.
Antes de lanzarse a intentar joyarse a lo que tiene uno delante de sus narices, conviene asegurarse de que lo que uno tiene delante de las narices es un individuo de la misma especie y del sexo complementario; si no, aquél es un esfuerzo inútil. Por supuesto, hablo en términos de estrategias evolutivas y no de inclinaciones sexuales personales. Por mí, si alguien se quiere joyar una cosa de su mismo sexo y/o de otra especie, me parece estupendo si a la cosa en cuestión también le parece bien.
Reconocer animales de la misma especie que uno es, ya de por sí, muy útil. A la oveja, por ejemplo, le permite agruparse con otras ovejas para formar un rebaño; una organización social que ofrece una protección pasiva frente a los posibles depredadores. Y es que si una oveja se encuentra con un lobo feroz, es más probable que perezca si va sola que si se encuentra rodeada de otras noventa y nueve ovejas.
Sin embargo, más allá de aquello, el reconocimiento de los rasgos que conforman a un individuo del sexo complementario va indisolublemente ligado al sexo. La percepción de determinados elementos a través de la vista, del oído y del tacto pone en marcha invariablemente una serie de mecanismos dirigidos en última instancia a evacuar algunas células reproductoras del cuerpo. O a aceptarlas de otro cuerpo, si ese es el caso. Y aquella es una respuesta a menudo inevitable; yo puedo ser muy romántico si me lo propongo, pero cuando veo una sonrisa como la que tengo ahora mismo en mente, tengo que admitir que algún que otro pensamiento más mundano se me cuela en la cabeza.
¿Pero por qué me pasa aquello con esa sonrisa y no con muchas otras? ¿Por qué no me invade el cerebro una oleada de placer, sino más bien lo contrario, cuando veo una sonrisa insulsa formada por dos estrechos labios blanquecinos, y que dejan entrever una "hilera" formada por un solo diente negruzco? La respuesta está en la meiosis.
Todo este tinglado de producir los billones de células que conforman mi cuerpo se ha montado con un único objetivo inconsciente: fabricar algunas células reproductoras y asegurarse de que las coloco allá donde puedan dar lugar a un nuevo individuo con cualidades similares a las mías. Aunque tengo que admitir que a veces me desprendo de ellas de la manera más desconsiderada.
En la última fase de ese ciclo, dentro de mis cataplines, los genomas que heredé de mi padre y de mi madre, y que trabajan juntos pero no revueltos en el resto de mis células, se combinan y recombinan para dar lugar a un juego de genes único al que se le pone una colita y se le manda a explorar el mundo. Aquello ocurre constantemente a partir de muchas células especializadas, por lo que casi siempre tengo una partida de millones de exploradores, todos ellos genéticamente diferentes, listos para entrar en acción. Supongo que ese es el problema principal que tenemos todos los tíos... tenemos siempre a tantos exploradores tocándonos los cojones, que hay que ponerse duro y mandarlos al quinto coño. Bueno, o al que sea.
Pero hay que tener en cuenta que la recombinación de mis genes ocurre ahora, en el presente, mientras que la elección de mi padre por mi madre y viceversa ocurrió hace más de treinta y cinco años. Si existe algún impedimento para que los genomas de mi padre y mi madre puedan recombinarse, mis padres han perdido más de tres décadas ayudándome a sobrevivir, pero no les daré nietos.
Qué jodido, ¿no? Con lo que cuesta alimentar a un hijo gorrón durante treinta años, y el mamón te sale estéril. Ahora quizá no suponga un gran problema, puesto que nuestra organización social permite producir un excedente de niños con los que paliar las necesidades maternales y paternales de los individuos que no pueden tener los suyos propios, y además un ser humano es mucho más que una simple máquina de poner células reproductoras; es fuente de risas y otras muchas emociones; poco importa, a título individual, si una persona es estéril o no. Pero eso solo ha sido así en los últimos cien, mil, diez mil, o si me apuras cien mil años; un simple suspiro al compararlo con los más de cien millones de años que llevamos los mamíferos habitando la Tierra. La esterilidad potencial de los hijos ha debido de ser un factor de presión selectiva importante durante la historia de la evolución.
Sin embargo, los genes no se ven a simple vista; uno no puede coger su genoma, compararlo con el genoma del individuo de al lado, y decidir si aquellos son lo suficientemente complementarios como para lanzarse a la aventura de producir un individuo nuevo en común. "Hala, qué chachi... yo tengo aquí una guanina y tú una citosina. ¡Podemos tener hijos!" Para detectar aquellas malformaciones genéticas que pueden hacer peligrar la existencia de nuestros descendientes hay que recurrir a métodos indirectos. Y aquellos se basan en un principio fundamental: que las mutaciones aleatorias pueden ocurrir en cualquier punto del genoma de un individuo.
Si un individuo tiene mutaciones en las regiones de su genoma necesarias para la recombinación, haciéndolo genéticamente incompatible con otros individuos de su misma especie, es igualmente probable que tenga mutaciones en regiones de su genoma que afecten a otras cosas; desde el desarrollo embrionario hasta la calidad de su colágeno. Y aunque las primeras no serán manifiestas hasta que nuestros potenciales hijos estén en la edad reproductiva, el resto de las mutaciones tendrá, muy probablemente, efectos más o menos visibles en el individuo que las porta.
El gusto por la belleza es el resultado de ciclos y ciclos de selección natural de individuos que se sintieron atraídos por los compañeros mejor capacitados para tener descendientes. Es decir, cuando el cerebro me mete un chute de dopamina, serotonina, o lo que sea, al ver yo una sonrisa deliciosa, aquello es porque ha identificado los rasgos anatómicos de una humana sana; de una máquina que probablemente es perfecta para mucho más que transportar células reproductoras. Mi cerebro me premia cuando miro a una mujer guapa para que no me entretenga mirando a otras mujeres que no me gustan tanto. Lo malo es si el feo soy yo, pero eso no tiene ninguna relevancia en una paja mental como esta.
O, al menos, esa es la utilidad que se me ocurre a mí que puede tener la belleza en un mundo dirigido por la notablemente ciega selección natural. Pero al margen de que esté en lo correcto o completamente equivocado, lo que es indudable es que me gusta ver una sonrisa bonita.
Así que si tú la tienes, no dejes de usarla. Harás más felices a las personas que tengan la suerte de verte.
Cuídala, cuídalos, y que te cuiden. Gracias por dedicarle un ratito a este rollete, y hasta otra.
