La selección de Vicente

Los “delboscólogos”(sic), personas, según doctrina de don Manuel Lama, dedicadas al estudio y descifrado de lo que pasa por la cabeza de Vicente del Bosque, parecen haber olvidado lo que les enseñó mientras entrenaba al Real Madrid. Esto sólo lo supimos en los partidos contra Turquía, los únicos con carácter de alto nivel que la selección ha jugado con Del Bosque. Aquellos partidos, la selección los jugo a su estilo, el de Del Bosque, con dos mediocentros estilo Flavio y Makelele (Senna y Alonso, que además son algo mejores que aquellos en la creación de juego), un creador como Zidane, o como Cambiaso, o como Guti (aquí, la selección, tiene casi nada, a Xavi Hernández y a Cesc, y, aunque también son interiores, a Silva y, sobre todo, a Iniesta, que siempre pueden sacar adelante este empleo sin complejos), un interior tipo Solari o MacManamann (Cazorla fue titular aquel día, aunque Riera y Mata le hacen otras veces el mismo trabajo), un Raúl (Villa), un Morientes o Ronaldo (F. Torres y, después F. Llorente o Güiza), un carrilero izquierdo como Roberto Carlos (Capdevilla con otro estilo pero igual de presente en ataque y defensa), un fajador como lateral derecho, recuerdan a Michel Salgado, (aquel día puso a Puyol, no tenía a S. Ramos, que es más bien su Helguera para la defensa) y un Hierro (Piqué es Hierro en una muy modernizada versión más rápida pero igual de valientes y descarados). Si vieron el partido y no recuerdan, vuelvan a verlo, aquella noche la selección calcó el planteamiento habitual de aquel magnífico Madrid, una máquina de ganar que ensambló Capello y que por suerte llegó hasta Del Bosque que la reajustó haciendo uso del sentido común, su mejor cualidad, que no única. También es un sentimental, un purista, un nostálgico, un tipo humilde y sobrio con los pies en la tierra y más listo e inteligente que la madre naturaleza. Aunque no lo crean, mucho más parecido a Luis Aragonés, a mayores un genio, de lo que la mayoría imagina. Obviamente, salvando las distancias y diferencias entre sus trayectorias y estilos, porque básicamente sólo se diferencian en que aunque tengan el mismo teórico empleo, no hacen el mismo trabajo, como no lo hacen Benítez y Pellegrini o Guardiola y Schuster, siendo todos ellos, lo que se suele llamar, entrenadores de fútbol.
Volvamos a los partidos contra Turquía, especialmente el de casa, el del Bernabeu. ¿Qué pasó por la cabeza de Del Bosque en aquellos días de vuelta a Chamartín? Recordemos que para un tipo al que habían despachado de allí, poco menos que por prejuicios estéticos, no puede ser un momento más de su vida volver allí con la selección campeona de Europa (buena herencia, por otra parte) en un momento en el que, para colmo, el Madrid no juega un carajo desde hace mucho tiempo. ¿Es posible que Del Bosque fuera tan sentimental de querer regalarle a su antigua y amada afición, un partido como los que jugaba su añorado Real Madrid? No lo sabremos nunca, no lo confesaría jamás, ni siquiera aunque en aquel momento no fuera consciente de ello pero después, con el tiempo, pudiera sentir que algo de eso pudo haber. La cosa es que recuerdo que al ver el partido aquello me recordó a aquel Madrid en un día desafinado, es decir, se podía percibir que eran superiores, que ganarían el partido, que cualquier jugada era posible, pero también los turcos fueron dueños del primer empujón del partido y, en realidad, de la primera parte. Como su Real Madrid, aquel que fundó Capello con Raúl, Roberto Carlos, Redondo, Helguera, Hierro, Salgado, Guti, etc., vivían de romper los partidos con jugadas de tres segundos, pim, pam y gol que, si llegaba pronto, ponía a huevo la goleada. Aquel Madrid podía hilvanar jugadas desde Casillas a Raul, con tres toques de por medio y ser gol de cualquiera, a la primera o en el rechace. Aquellas jugadas, a menudo, no eran ni contraataques, eran simplemente tan rápidas que ni lucían y no las veía nadie, tampoco los adversarios, que en muchas ocasiones parecían postes de madera. Sin embargo, aunque la selección tiene calidad para jugar de muchas maneras, ese estilo, lo siento Vicente, le queda como miedoso, aunque no sea su intención, y también no es tan bueno porque sacrifica las posibilidades de, hoy por hoy, el mejor centrocampista del mundo: Xavi Hernández. Si él juega, que no lo va a dejar en el banquillo, necesita para ofrecer su maestría, como mínimo, un socio de los finos, es decir: o Iniesta, o Silva, o Cesc, por este orden porque Cesc es el más Xavi de ellos (su heredero natural, toma nota Txiki) y ellos son el perfecto complemento que hace círculos concéntricos a su alrededor. Esta es la clave, uno, dos, o los tres han de jugar con él. Como tantas veces, los mejores lo son porque son complementados, recuerden a Laudrup y sus pases a la espalda de la defensa, rasos y al hueco para Romario, que los corría cuatro metros, los enganchaba y los metía mano a mano de todos los colores, o recuerden a Míchel y Hugo Sánchez , nacidos también el uno para el otro, pase desde la banda y remate en el aire, no ha habido otros dos como ellos. ¿Hubieran sido tan famosos estos dúos si Laudrup hubiera tenido que jugar para Hugo Sánchez y Míchel para Romario? No lo duden, la respuesta es no. Lo mismo vale para Xavi, es el mejor porque el fútbol es asociación, si no tiene socios, no hay Xavi, y si no hay Xavi, no hay España y no habría Barça, ni Eurocopa, ni Triplete, ni nada. Aquel día, en el Bernabeu, Silva se quedó en el banquillo y, aunque pudo ser buena práctica, se ganó sin jugar hasta después de marcar, ya en la segunda parte.

No podemos decir que ese estilo “Real Madrid”, le vaya muy al pelo a la selección, que tiene aún más fútbol y mejores jugadores que aquel equipo. En aquel partido, se ganó en el minuto 60 a balón parado y después Del Bosque no sacó a Silva por Villa para ayudar a Xavi. Sacó a Mata y Xavi siguió sin apoyo para gobernar, era incapaz porque nadie se la devolvía y todos tiraban jugada rápida que si salía o no era lo de menos, ya pescaríamos, lo importante era que fuera rápida. Después, quizás ya convencido de que le convenía guardar la pelota, sacó a Silva y quitó a Cazorla que llevaba toda la noche jugándoselas todas sin éxito porque, oigan, no es Messi. Por eso, en realidad, Turquía dominó y España, más allá de sus muchas virtudes aunque juegue mal, tuvo suerte en los dos partidos, que el segundo se iba perdiendo y se ganó en el último minuto. Sin embargo, el seleccionador, continúo por este camino alternativo a la estricta herencia anterior, unas veces porque no había rival y otras porque Silva e Iniesta estaban lesionados, y todo continuó más o menos así, partidos correcalles, descontrolados y ganados por tener más pegada, hasta que nos cascaron los americanos en la Copa Confederaciones (un torneo, por otra parte como algún otro como el mundialito de clubs, que no debería existir porque no se puede exprimir tanto a los futbolistas, por mucho que cobren).

La cosa cambió contra Bélgica, aunque falta aún Iniesta, Silva estaba sano otra vez y fue titular, Xavi tuvo un socio y el fútbol volvió porque además, cuando se juega y se domina, hay más inspiración, más confianza, más goles y más fútbol. Esa noche, además, el míster después metió a Cesc y la cosa acabó en la repanocha. Además, Villa firmó un partido inolvidable. Curiosamente después fallar un penalti muy mal tirado, salió de la penumbra en la que llevaba todo el verano y parte de la primavera, y comenzó a hacer lo que mejor sabe, aquello para lo que realmente ha nacido, jugar a ser un siete. Puso dos goles y estuvo por todos los sitios, además también marcó. Esperemos que le dure, que esta vez no se le suba el pavo, hoy ya lo he visto en una entrevista, un poco impropio, no crean, miedo da, cuanto más habla, menos juega y mira que llevaba un tiempo calladito.

Esta noche toca Estonia, que en fútbol es sinónimo de autobús obrero y del Este, buena gente pero más picapedreros que finos estilistas. No hay mucho que defender, no hacen falta dos mediocentros defensivos, Xabi Alonso puede descansar (en el Madrid no tiene recambio), un día ideal para rodar a Senna y para que Cesc, Xavi, Silva, Villa y Torres ocupen “concéntricamente” todos los espacios del medio campo hacia delante. Esto de los “círculos concéntricos” sí es una cosa que aquel Madrid y la selección actual tienen en común, los jugadores se mueven en círculos, se ofrecen, tocan, se mueven y van y vuelven una y otra vez hasta que el rival se deja de mover y zas, cambio de ritmo, desmarque vertical, balón al hueco, jugada acompañada y gol, sí o sí. Raúl eso lo arrancaba, aún lo hace, mejor que nadie en aquel Madrid.

Tocar y moverse, tiki taka y si la pierdes, a por ella como una jauría de perros de presa.
Ese es el tema, para la selección, para el Barça y para cualquiera que, hoy día, aspire a la grandeza futbolística. Mientras ellos no lo habían echo nadie lo quería porque nadie lo había visto. Ahora es diferente, ahora ya hemos bebido vino de 99 puntos y no queremos más peleón de 50.

Por otra parte Todos los especialistas, o presentados en los medios como tales, parecen coincidir en que el debate gira en torno a si es mejor jugar con cinco o con cuatro centrocampistas, con uno o dos delanteros. Casi nadie, afortunadamente, habla ya de jugar o no con extremos. Luis Aragonés consiguió, no sin sufrimiento para él, que el país comprendiera que lo de los extremos era lo de menos, que lo importante era ocupar los espacios, moverse por los pasillos libres, para generar juego desde ellos, con extremos o, si los tienes, con Iniesta, con Villa y con Silva, que le dan mil vueltas al extremo más pintado. La verdad es que, a estas alturas, todo el mundo, más o menos, ha asumido que un extremo puro no es útil si los laterales suben, se desdoblan, driblan y la ponen en la olla desde la línea de fondo. Si haces esto, como lo hacen Capdevilla, Sergio Ramos y Puyol si hace falta, para qué quieres entonces extremos como, por ejemplo, Joaquín y Reyes o Vicente (Del Bosque ha tanteado suavemente a Riera, Mata y Cazorla como extremos y ha visto que nada de nada que no sea de chiripa, rápido les cogen el truco); estos jugadores, o se vienen hacia dentro y, acostumbrados a conducir la pelota, se meten en un embudo hasta que la pierden, o simplemente no se van ni una vez porque hoy día todos los laterales son ayudados, no defienden solos; pregúntenle a Messi, o a CR7, qué tal están de libres las bandas para los extremos en estos tiempos, dirán que le preguntemos a Alves o a Sergio Ramos, que ellos por allí sólo van abrir el campo para luego estrecharlo y que entre por detrás el carrilero con el petardo en el culo para ganar un palmo y colgar una pelota, y gracias si se gana un corner, que si no es así, hay que volver echando literalmente humo para tapar esa banda porque el otro equipo siempre mete a alguien por ahí para arrancar desde la espalda de estos pobrecitos que hacen cincuenta sprints a muerte por partido.

En resumen, la cosa es que para Del Bosque, llevar el equipo ha de ser mantenerlo en forma para el mundial, ese es su objetivo. Puede hacer lo que quiera, experimentar o distraer al personal, como lo quiera llamar, pero su problema es hacer campeón al mejor equipo posible que probablemente sea, además, el mejor equipo del mundo. Luis Aragonés pasó algo menos de cuatro años trabajando para hacer este equipo, lo probó todo y lo investigó todo para descubrir quiénes eran los mejores, quiénes eran los más importantes, cómo se complementaban mejor y cómo daban lo mejor de sí mismos. No dudamos que hizo un trabajo impresionante y sin precedentes (yo nunca dudé que lo haría, desde el primer día y aunque perdí alguna apuesta al principio, gané muchísimas en junio de 2008). Todo esto, Del Bosque, lo comprende tan bien como su antecesor, sabemos que no se va a jugar la final del mundial como se jugó aquellos partidos contra Turquía porque esperamos que cuente con Xavi, Cesc, Silva e Iniesta para ese día. Sin embargo, algún día más sí le vamos a ver ese “sistema”, como dicen los expertos, estilo “Real Madrid” de su época. Siempre hay que variar y despistar.