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Versión Completa: solo se vive dos veces
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coqui1934







Solo se vive dos veces.






Juan Antonio Rodríguez Menier
©
coqui1934













¿Cómo llegó este leopardo a tan alta altura de la montaña?
No preguntes por quién doblan las campanas.
Doblan por ti.
coqui1934


Advertencia.

Está es una novela melodramática,
absurda, empalagosa y mal escrita.
No recomendamos su lectura a menos
que el lector quiera ser engañado con el cuento
De que una vida mejor es posible.

El Autor.

coqui1934
I.
Alto de Fuente Santa Ana, España.
Enero de 2007.

Sobre una abrupta ladera de un alto monte que cae verticalmente hasta el fondo del río Duero, debajo de un solitario álamo una bella mujer observa pasar un barco fluvial turístico. Alza su vista y sus ojos marrón oscuro se pierden en el paisaje que se extiende hacia Portugal. No lejos de ella se divisa una pequeña cabaña muy bien cuidada, de paredes blancas y tejas rojas, donde sobresale una chimenea de ladrillos granate. Un jardincillo lleno de rosas, petunias y geranios alegra uno de sus costados. En el otro, sobre un camino rústico, descansa un Mini Cooper modelo S Cabrio, convertible, color yema de huevo, con capota negra. Un agonizante sol resalta el amarillo de la pendiente rocosa, veteado de partes rosáceas y algún que otro arbusto colgando increíblemente de la ladera, demostrando que donde quiera puede haber vida. La mujer se vuelve y camina airosamente hacia la cabaña. Es alta, muy bien formada y de cabellos negros cortados arriba de los hombros. Se detiene delante de la puerta y mira una vez más el vasto panorama. Con gesto cansino abre la puerta. La estufa contiene la leña necesaria para calentar la cabaña hasta el siguiente día. La altura donde se encuentra, 721 metros sobre el nivel del mar, enfría mucho de noche. La mujer decide que no es necesario encenderla todavía. Le agradan las sensaciones frescas. Se sienta en un cómodo sillón y abre una revista de las llamadas del corazón, pasada de fecha y dedicada a contar verdades y chismes de famosos y celebridades. Se dice que una revista así está fuera de lugar en un lugar tan remoto como esa cabaña, muy cerca del pueblo Pereña de la Ribera, no muy lejos de la ciudad de Salamanca. Cuando lee una página dedicada al teatro sonríe:

“Hay un momento decisivo en la vida de un hombre y es cuando una joven de 23 años te cede el asiento diciéndote “Señor”…tú tienes 50, estabas mirando sus curvas y pensando en “otras cosas”. Por supuesto ella te trata de usted…y le recuerdas irremediablemente a su padre…entonces aparece la conciencia, tu conciencia y te impone los bloqueos…a partir de aquí cualquier jovencita que se detenga y simplemente te mire y se dirija a ti no como un abuelote, constituye una bendición…o gran problema. Desconfiad de un hombre que a sus 50 años se apunta, de pronto, en el gimnasio, cambia su vestuario, embadurna de crema su cara y abdomen y sobretodo se compra calzoncillos con dibujitos de mickey mouse.”

Juan José Alfonso.

Ella hubiera querido hacer el papel de esa jovencita en esa obra teatral titulada “Nunca es fácil”. Tiene 26 años, pero fácilmente pudiera interpretar a una de 23 y hasta de 18. No hizo ninguna gestión para actuar en esa obra porque ya tenía una oferta de su amigo Pedro de un papel protagónico en su próxima película, que empezaría a filmar próximamente. La lectura del guión cinematográfico es una de las razones por la que ha decido pasar ese fin de semana en la cabaña que le dejó su abuelo. Pone la revista sobre una mesita y se acomoda en el sillón. Pasea su vista por la cabaña, como tantas veces lo ha hecho. Su mobiliario es muy rústico. No hay nada que la conecte al exterior. Ningún televisor, teléfono, computadora, nada. Solamente cuenta con su teléfono móvil para un caso de emergencia, aunque en esa región no se acuerdan de cuando ocurrió un suceso criminal. Y también dispone de una pistola Beretta 3032 Tomcat-32, automática. Colgado en una pared está un viejo fusil Winchester de repetición, modelo 1885 Serie Limitada, comprado por su abuelo tiempos atrás y que todavía dispara a la perfección, causando dolor en el hombro de los tiradores inexpertos. Su tía Concepción, vecina del cercano pueblo, le ha preparado una cena montañesa. Antes la cabaña estaba en muy mal estado y era usada por los pastores de cabras como cobijo en un mal tiempo o para descansar. Allí se escondió su abuelo de la guardia civil que le perseguía por defender la república española contra las fuerzas franquistas. Cuando pasó esa compulsiva época social y después que su abuelo se asentó otra vez en su vida normal, volvió a la cabaña y empezó a mejorarla. Averiguó que no tenia propietario, pero sí el terreno donde se asentaba, que pertenecía al ayuntamiento del pueblo. Por una módica suma alquiló el pequeño espacio que ocupaba la cabaña. Con su trabajo y dinero la cabaña adquirió el aspecto que tenía actualmente. El abuelo había muerto ya, pero disfrutó mucho de la cabaña, que era su oasis en los momentos felices que depara la vida y su refugio en los momentos depresivos de la avanzada edad. Su padre no le prestó mucha atención a la cabaña, ocupado plenamente en su negocio hotelero, aunque continuó pagando religiosamente el alquiler, pero ella, Concha Vera Villaverde, siguió los pasos de su querido abuelo y gustaba mucho disfrutar de la cabaña y del horizonte que se divisaba, de la soledad que ofrecía. La segunda razón de su visita es una extraña sensación de melancolía que últimamente se presenta más de lo conveniente. Es joven, hermosa, famosa y en muy buena posición económica. Sin embargo, algo le falta y no sabe distinguirlo. Nunca, desde sus años adolescentes, le ha faltado quien esté dispuesto a ser esclavo de sus caprichos. En esos momentos más de un hombre en igualdad de condiciones que ella mendigan su atención, que por otra parte de vez en cuando les regala. Aunque fuera solamente para no perder la costumbre, para sentirse admirada, codiciada, buscada. Humm, admirada, codiciada y buscada…pero ¿amada? ¿Sinceramente amada? No puede contestar a esa pregunta. Sus relaciones íntimas no han durado suficientes como para ahondar en esta cuestión. Unas veces por motivo de su trabajo como actriz muy destacada que la obliga a viajar, y otras veces por cambiar de situación, por buscar aventuras, algo más interesante. Ahora esos momentos de intensa melancolía la obligan a reflexionar. ¿Por qué esa melancolía si su vida está llena de trabajo, de ocupación, de amor familiar, de sexo cada vez que lo deseara o lo necesitara? Inclusive en la estrecha cama de esa cabaña ha tenido algunos pocos escarceos sexuales. Se queda una vez más sin respuesta. ¿Ha ella amado a alguien? No, rotundamente no. Entonces, ¿por qué extrañarse de no haber sido amada? Mira por la ventana y nota que ya ha anochecido. Enciende el papel primario de la estufa que haría arder los bien cortados troncos, armónicamente apilados en su interior. Todavía no siente hambre, así que vuelve al sillón y se sienta. Coge el guión cinematográfico y comienza su lectura. Le llama la atención unas palabras: la playa de Varadero. La segunda escena se desarrolla en esa playa, una joya turística de la provincia de Matanzas, en la isla de Cuba. Recuerda que su abuelo estuvo en ella cuando era joven y le había hablado maravillas. El azul del agua era increíble, como el cielo de España, y su arena, de tan fina, no se podía mantener dentro del puño cerrado. En esa escena ella usaría un diminuto bikini y le encanta la idea de exhibir su armonioso cuerpo. Su contrapartida sería un actor cubano de mucha calidad y muy famoso en su país y en España, aunque ya frisaba la cincuentena. El guión promete. Se levanta y destapa una botella de Fino Jerez Jarana Solera Reserva, de las bodegas de Emilio Lustau. Se sirve una copa y degusta un sorbo. Es bueno, muy bueno. Pone la copa sobre la mesa y abre el maletín que contiene el envase térmico donde está la cena que le ha dado su tía. Dentro hay “chanfaina”, un típico guiso de cordero y arroz; una barra de pan blanco muy tostado, queso de Hinojosa del Duero, y almendras acarameladas de Alba. A un lado una botella de vino tinto D. O. Rioja Crianza. Al otro costado, un térmico contiene una botella de leche. Un pomo de Nescafé completa los alimentos. No está nada mal. ¿Cuál será el menú del día siguiente? Tendrá que de alguna manera engatusar a su tío político Juan Emilio para que le acepte dinero. Sus tíos tienen para vivir bien, pero no son ricos y le están dando un tratamiento de primera que no pueden permitirse. Todo porque es una estrella de cine. Una famosa que se supone que debe disfrutar de todas las exquisiteces que ofrece la vida. Como si actuar delante de una cámara no fuera un trabajo más por el cual se cobra. No, ciertamente no es considerado de esa manera por la gente. Una estrella cinematográfica es algo muy especial, por eso no hay tantas. Decide cambiar el curso de sus pensamientos que no van a resolver ningún problema. Vuelve al sillón y se sienta. Ya ha anochecido. La ventana le ofrece una claridad de luna llena. Coge otra vez la revista, la hojea y se aburre de ella, tirándola sobre una mesita. Bebe algo de manzanilla y se levanta, yendo hacia la puerta y abriéndola. Ha refrescado agradablemente. Grupitos de lucecitas en el horizonte descubren pueblos o aldeas lejanas. No se anima a acercarse nuevamente al peñón. Se vuelve para entrar en la cabaña cuando unas burbujas lumínicas y coloreadas que salen detrás de unos arbustos llaman su atención. Las observa unos instantes y después entra y busca en su cartera de mano la Beretta, asegurándose que está cargada con proyectiles, uno de ellos en la cámara de disparo. Aquellas burbujas son muy extrañas y no está dispuesta a no dormir por la preocupación. Ella es Concha Vera Villaverde, nieta de su abuelo. Sale resuelta, pero cautelosamente, acercándose muy despacio al lugar observado. Oye unos ruiditos parecidos a los chasquidos que se producen algunas veces en un aparato de radio cuando sintoniza las ondas de corta frecuencia. Las burbujas aparecen otra vez. Se acerca más y de repente el ruido y las burbujas cesan. Aparta los arbustos y halla un cervatillo echado sobre la hierba. Sus grandes ojos la miran amorosamente. Concha busca con la mirada alrededor, pero nada se mueve. Da unos pasos en el contorno del cervatillo, pero nada resulta anormal. No hay nada más que el animalito. Se sienta a su lado y le acaricia la testa. Mira la pistola que empuña su mano y se siente un poco ridícula.

-¿Dónde está tu madre?-El cervatillo la mira, pero no contesta.-Bueno, al menos, ¿dónde está tu padre?-Silencio absoluto.-Bien, supongo que tendrás hambre. Espérate aquí y te tomaras parte de mi desayuno. Así evitaras que yo engorde.-

Regresa a la cabaña, toma la botella de leche y regresa. El cervatillo la espera con sus amorosos ojos. Se las arregla para que beba un poco de leche, aunque el animalito casi derrama más que la que ingiere. Calcula que será difícil llevar al cervatillo al interior de la cabaña sin asustarlo. Será mejor dejarlo donde está para que pase la noche. Tal vez su madre regrese y todo vuelva a ser normal. Vuelve a la cabaña y despacha su cena, con un riego abundante de vino. Atranca la puerta y las dos ventanas y se acuesta. Antes de dormirse se pregunta que serán las burbujas luminosas y coloreadas, y los extraños ruiditos que parecen estáticas de ondas de radio de corta frecuencia. ¿Habrá sido una errónea percepción visual, como la del sediento perdido en un desierto que imagina un oasis? No, fue muy real. Tal vez no fue tan cerca como ella creía, sino más lejos, algo relacionado con el ejército, quién sabe. En el mundo en que vivimos todo es posible. ¿Cuántas versiones hay sobre los UFOS, los objetos voladores? Lo cierto es que no vio nada más que un inocente cervatillo, al que alimentó como Dios manda y que se durmió al cabo del rato. Mañana le dará leche y tal vez algo de pan. Tendrá que llegarse a la aldea para preguntarle a su tía Concepción que deberá hacer con el cervatillo. Mientras tanto, dormirá con la pistola debajo de la almohada y el fusil tendido a su lado.

Se despierta sobresaltada sin saber por qué. Rápidamente se pone un albornoz, toma la botella con el resto de la leche, guarda la Beretta en uno de los bolsillos del albornoz y se dirige ágilmente hacia donde vio el cervatillo la noche anterior. No le encuentra. Busca por los alrededores sin resultado. El cervatillo se ha ido. No ve nada que le sirva de pista de lo sucedido. Se encamina despacio hacia la cabaña. Seguramente la madre le recogió y se internó en la espesura. Si algo malo le hubiera sucedido al animalito tendría que haber rastro de la tragedia, manchas de sangre, pedazos de cuerpo, en fin, algo. Pero el lugar está en orden y en paz. Sin embargo, Concha no la tiene todas consigo. ¿Qué diablo serían aquellas burbujas luminosas y aquellas estáticas? Entra en la cabaña y termina su aseo matinal. Se sienta frente al volante de su Mini Cooper y visita a sus tíos. Le hace preguntas indirectas y las respuestas tienen siempre un mismo significado: nada interesante ha pasado en toda la comarca en muchos años. Recoge sus alimentos, algunos periódicos y regresa a la cabaña. El día transcurre sin novedades, aunque ella se mantiene muy atenta al lugar donde ha visto al cervatillo.

Al cabo de los días regresa a Madrid y olvida el incidente que tanto cambiaria su vida.

coqui1934
II.
La Habana, Cuba.
Mayo de 2007.

Las jóvenes parejas giran en círculos a una velocidad vertiginosa, sin perder nunca el paso del ritmo salsa, que casi ensordece en la discoteca. Los focos titilan cada segundo, produciendo un efecto óptico macabro en los rostros de los bailadores cuando domina la luminosidad intensa de la luz.

-¿Qué clase de baile es éste?-Concha está fascinada.

-Lo llaman Casino.-Le contesta Javier, su pareja masculina de la película que filman.-No es difícil de aprender, comparado con el flamenco.-

Concha le sonríe.-Todos los bailes son difíciles si no se sienten muy adentro.-

Se encuentran en El Gato Tuerto, situado en la calle O entre 17 y 19, Vedado. Surgió en los años 60, siendo la competencia de otro famoso bar, Bigote de Gato, ambos con dueños asturianos. El Gato Tuerto es un bar exquisito donde se reúne la farándula habanera para ver el amanecer. Concha quería conocer el ambiente cubano alejada de la superficialidad que rodea una filmación. Quería conocer al cubano de a pie. Javier, un cubano nacido en el barrio antiguamente llamado Coco Solo, en el distrito de Marianao, y que se había convertido en un actor taquillero en España, la llevó a pasear por La Habana. Concha ya conocía el Centro Histórico y otros acostumbrados lugares adonde los funcionarios cubanos llevaban a las celebridades. Por eso fueron a rincones destruidos de la Habana Vieja, y a la amplia avenida de La Rampa, pasando por las calles del centro de la ciudad. Como Concha no tenía punto de comparación, no la encontró destruida. Le pareció una ciudad deslucida, poco aseada, con muchos edificios en ruinas, con muchas personas mal vestidas, increíblemente gordas para la pobre alimentación que decían recibir, con niños y adolescentes pedigüeños, con autos que solamente se veían en las películas antiguas, con ómnibus muy extraños y escasos, con las atrayentes “jineteras” que tanto quería conocer debido a la propaganda boca a boca de los turistas españoles, con personas que tenían una sempiterna sonrisa de bienvenida. No hizo reflexiones políticas porque a ella eso no le interesaba. Su curiosidad se limita a tratar de conocer como el género humano forma sociedades distintas, ciudades diferentes, países disímiles. La cultura forma una parte central de su vida. Cansados de caminar, fueron al bar. Un joven alto y tan trigueño como un gitano, baila armoniosamente con su pareja, una joven prieta, haciendo los intricados giros de una preciosa coreografía espontánea.

-Esos son muy buenos.-Concha los señala muy discretamente.

Javier se ladea y los observa.-Sí, son muy buenos. Lo conozco. Es Manolito. Ella no sé quién es.-

Concha sonríe. Javier tiene fama de homosexual, aunque a ella no le consta. Manolito, el joven alto y trigueño, ya había atisbado a la bella española a su llegada y estima que la sonrisa de ella es un buen estímulo. Cuando la música cesa por un momento, le susurra algo en el oído a su pareja de baile, y ella se aleja con un mohín. Manolito se acerca a la mesa de Concha.

-¡Compadre, mira que hace tiempo que no nos veíamos!-Manolito estrecha la mano de Javier.

-Si, desde hace algún tiempo. Mira, te presento a Concha Vera...-Manolito, con su mejor sonrisa para enseñar su pareja dentadura, le extiende su mano. Concha le ofrece la suya por un momento y después la retira.-Ella es…-

-¡Pero, Javier, cómo no voy a saber quien es la mejor actriz y la mujer más bella de España!-Concha sonríe.-A ella la conoce todo el mundo en la isla. Yo he visto tres de sus películas.-

Javier nota que Concha se siente halagada.- ¿Quieres sentarte, Manolito?-

-De mil amores. ¿Qué, filmando una película?- Concha asiente. De pronto está un poco intimidada con la presencia de aquel hombre que la mira tan directamente. Muy rara vez le había pasado aquello, desde que era una adolescente.- ¿De qué se trata?-

-Ah, no, eso no podemos decirlo, mi amigo.-Interviene Javier.-Manolito le mira inquisitivamente.-Bueno, es una historia de amor, pero que tiene sus recovecos misteriosos. Por eso no debemos hablar del tema, quemaría la sorpresa, eh?-

-Como dicen por su tierra, vale-dice Manolito, mirando fijamente a Concha-. La música comienza otra vez.- ¿Bailamos?-

-No sé bailar ese ritmo.-

-Todo se aprende si se quiere. Vamos, no tenga pena, conmigo nadie hace el ridículo. Empezamos poco a poco.-

Caminan hasta el medio del salón. La mayoría de los hombres se recrean con la belleza de la española y muchas mujeres la envidian por eso, y también porque empieza unos torpes pasos de baile con Manolito, la estrella del llamado baile casino. Javier piensa: vas mal Concha, vas mal.




España, Alto de Fuente Santa.

En la abrupta ladera de un alto monte que cae verticalmente hasta el fondo del río Duero, en unos arbustos cerca de la cabaña donde estuvo Concha, unas burbujas lumínicas y coloreadas se dejan ver y se oyen unos ruiditos parecidos a las estáticas de ondas de radio de corta frecuencia. Casi amanece cuando algo brillante, a una velocidad casi invisible, despega de aquel lugar. En uno segundos se pierde su rastro ante la indiferencia de la luna llena que parece dormitar y el eterno titilar hipnotizador de las estrellas.




Cuba, La Habana.

Concha se despierta sorprendida. A su lado, con una media sonrisa, sueña Manolito, que ahora ocupa la mitad de la cama de su suite del hotel. ¿Cómo es posible si ella no había tenido ninguna intención sexual con él cuando aceptó su invitación a conversar en el malecón habanero? Evidentemente este hombre ejerce una gran influencia sobre ella. No es casquivana, no se entregó nunca fácilmente. Entonces, ¿qué pasó? En un país extraño, cuando se está sola en la vida y no se tiene un futuro definido, cosas extrañas suceden. Un hombre bien parecido, arrogante y dominador, que repentinamente cae de rodillas suplicando un poco de comprensión, ablanda un corazón mareado por un ambiente excepcional.

Manolito se estira complacido en la cama. Ella le mira fijamente y, contra toda lógica, decide darle la oportunidad que él tanto le suplicó. Pero tendrá que ser como Dios manda. ¿Cómo será posible eso si ni siquiera le conoce a fondo? ¿Qué dirá su familia, sus amigos, la gente de su país? Bueno, no se conoce a nadie si no se intenta. Su familia casi siempre ha estado equivocada aconsejándola, así que esperarán para criticarla. Sus amigos seguirían siendo sus amigos…y sino, ¡pues que arreen! Y a la gente de su país…¡que le den morcillas! ¡Ah, Concha, qué loca te has vuelto!




-Bueno, Manolito, todo está arreglado,-dice Camilo, un hombre entrado en años, de rostro afable y maneras educadas, que es el jefe del Departamento de Carga y Descargas del Puerto de La Habana, centro de trabajo de Manolito.

-No sé como puedo pagárselo, jefe.-

-Ni yo sé como ligaste a ese tronco de jeva que es esa españolita…-

Ambos ríen con ganas. Realmente Camilo no tuvo nada que ver con la autorización que le dio el gobierno cubano a Manolito para que pudiera viajar a España y vivir allí permanentemente una vez casado con Concha, con derecho a regresar si así lo deseaba. Concha se había movido muy rápido y a los más altos niveles que ella podía llegar. Siendo una famosa actriz, era muy considerada por el gobierno de su país, que intercedió a su favor. El gobierno cubano vio una oportunidad de congraciarse con su homólogo español y anotarse un tanto a su favor. De todo se servía el gobierno cubano para lograr sus fines públicos y secretos.

Camilo tiene buen ojo crítico y no se equivocó con Manolito. Había detectado desde hacia tiempo que detrás de su fachada dicharachera y despreocupada, en apariencia muy revolucionaria, se escondía una persona muy ambiciosa, ladina y oportunista. A él no le importa esas características de Manolito, por lo demás muy frecuentes en la sociedad cubana, siempre y cuando no le perjudicara y pudiera ganar algo.

-Siempre nos hemos llevado bien, Manolito, por eso quisiera decirte que si alguna vez necesitas algo de mí, no tienes más que pedírmelo. Las puertas de mi departamento están abiertas para ti.-

-Muchas gracias, Camilo. Lo mismo le digo yo, si necesita algo de la madre patria, pues ya sabe…-

-Lo tendré en cuenta. Hazme saber tu dirección allá. Por cierto, si alguna vez un funcionario cubano se te acerca pidiéndote ayuda, espero que no lo defraudes.-

-¡No, nooo, que va! Conmigo que cuenten para lo que sea. Usted sabe que yo soy ¡patria o muerte!-

-Lo sé, hijo, lo sé…-


Las viejas campanas de la Catedral de La Habana doblan en honor de la pareja recién casada cuando salen por la puerta principal para entrar en la lujosa limusina que le espera. Es un pedido más que Concha le ha hecho al cardenal habanero. Todos se pusieron de acuerdo para complacer a la actriz, que camina por las nubes después de tanto agasajo. Después de todo, la vida es realmente color de rosa.

La negra limusina se despega de la vetusta acera y enfila hacia una residencia diplomática situada en el exclusivo reparto de Cubanacán, donde la pareja pasará la primera noche de su luna de miel. Al siguiente día partirán hacia la playa de Varadero, donde Concha lucirá su bikini amarillo a rayas otra vez, imitando a Eva Maria, la de la famosa canción.

Un nutrido grupo de personas curiosas que asistieron a la boda comienzan a disgregarse por los alrededores de la Catedral, que los sombrea con sus dos torres desiguales, acostumbrada a ver muchedumbres desde que fue construida en 1777. Uno de los asistentes le comenta a su amigo que el cadáver de Cristóbal Colón estuvo sepultado en un mausoleo en el interior de la catedral por más de 100 años, desde 1796 hasta 1898. Su amigo le responde que 1898 había sido un mal año para España y para La Habana en todos los sentidos. No en balde un dicho popular español le resta tragedia a una conversación sobre una desgracia diciendo: “más se perdió en Cuba…”

coqui1934
III.

Madrid, España.
Agosto de 2007.


“Estoy tan enamorao de la negra Tomasa
Que cuando se va de casa que triste me pongo.
Estoy tan enamorao de la negra Tomasa
Que cuando se va de casa que triste me pongo

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

Esa negra linda, relinda, que me echó bilongo,
Esa negra linda, relinda, que me echó bilongo,
Na más que me gusta la comía que me cocina,
Na más que me gusta la café que ella me cuela.

Quiquiribú, mandinga, quiquiribú mandinga,
Allá en La Habana tasajo, y allá en Oriente mapinga
Yo conocí un cocinero que cocinaba mapinga
Y machacaba los ajos con la maza del mortero.”


De esta canción, nacida de los descendientes de africanos que fueron llevados a Cuba como esclavos, tomó un restaurante de comidas cubanas su nombre: La Negra Tomasa. Situado en la calle Cádiz 9, esquina a Espoz, a menos de 50 metros de la Plaza del Sol, el corazón de Madrid, es el más pintoresco de los varios restaurantes que ofrecen comida cubana en la capital española. Una negra vestida toda de blanco, incluyendo sus zapatos, fumando un puro cubano, con pañuelo colorado en la cabeza y collares de azabaches al cuello, recibe a los clientes y los sitúa en las angostas mesas que en horario de comida circunda una amplia barra de doble mostrador. El local no es grande, pero tampoco es pequeño. La comida es típica criolla y el vestuario de los empleados también. Las especialidades son las frituras de malanga, el lechón asado y el arroz congrí. Su decoración es espectacularmente genuina y rebuscada en toda Cuba, como si fuera un humilde museo. La comida que sirven no es mala, pero no es la mejor muestra de la cocina cubana. Esa cualidad pertenece a Sara, dueña de otro restaurante cubano de la ciudad. Después de la cena se monta un pequeño escenario donde cantan desconocidos músicos cubanos y algunos latinos, que no lo hacen mal, hasta las cinco de la mañana. En uno de los interludios de los músicos, la vitrola emitió una canción:

“En el tronco de un árbol,
Una niña grabó su nombre henchida de pasión,
Y el árbol conmovido allá en su seno,
A la niña una flor dejó caer.
Yo soy el árbol, conmovido y triste,
Tú eres la niña que mi tronco hirió,
Yo guardo siempre tu querido nombre y tú...
¿Qué has hecho con mi pobre flor?”

Es la voz inconfundible de Compay Segundo alentando a la muy acoplada pareja que forman Manolito y Concha en el pequeño espacio bailable del restaurante. Otras dos parejas los secundan, pero los presentes, y son bastantes, no pierden de vista a Concha, preguntándose los pocos españoles que allí estaban quién es ese mulato que baila con su rutilante estrella cinematográfica, y los cubanos y algunos latinos sintiendo orgullo porque un compatriota ha triunfado, y a la vez envidia porque no son ellos los elegidos.

Al final de la barra, en su lado izquierdo, Daysilú, una joven y esbelta mulata lanza con la mirada puñalitos de odio a Manolito. Ella sí sabe bailar, no aquella española de mierda, que solamente es una cara bonita. Bueno, no solamente cara, porque también tiene un espectacular cuerpo. Por algo es una luminaria cinematográfica. No puede ni soñar en competir con ella. Entre sus brazos tiene su premio: uno de los mejores ejemplares masculinos cubanos. Bebe un sorbo de su vaso de ron. No es el primero ni será el último aquella noche. Cuando le avisaron que Manolito estaba en La Negra Tomasa, dejó su trabajo en el Tocoloro, otro restaurante cubano, y vino dispuesta a todo. Se baja un poco más su “baja y chupa”, mostrando la entrada de unos senos juveniles, pequeños y duros.

En el lado opuesto de la barra otra persona observa la pareja. Su rostro, de una delicada belleza varonil, no refleja ninguna emoción, pero sus azules ojos no pierden un movimiento de los bailadores. Ante sí tiene un mojito cubano, del cual solamente ha bebido un sorbo. Piensa si convendría encender un cigarrillo, pero desecha el pensamiento. Bastante humo hay ya en el local, que no se distingue por su ventilación.

-No se puede negar que es maja,-dice un hombre de edad madura a su lado, sin acentuar mucho la jota, denotando que es madrileño.

-Así es, pero que muy maja,-le contesta el hombre de los ojos azules.

-Lástima que esté con esa cosa…-se sobresalta ligeramente y se vuelve hacia su interlocutor,-yo no soy racista…es que uno espera que…en fin, usted sabe…espero que usted no tenga una mala impresión de mí.-

-No, no se preocupe, le entiendo perfectamente. Además, no soy cubano.-Le tiende su mano derecha.-Angel Rodríguez, para servirle.-

-Ah, menos mal, Emilio Zambrana, a su disposición.-Estrecha la mano de Angel.-Es que hay tanta gente que no comprende. Un perro anda con un perro, un gato anda con otro gato…así es la cosa…-

-Claro, muy claro, una española debe andar con un español. Estoy de acuerdo, pero la vida no es tan simple. Se supone que un español visite un restaurante español, ¿o no?-Emilio le mira fijamente. Después bebe de su cerveza.-No lo digo por discutir. Nada más lejos de mi mente. Fue un argumento para probar mi tesis.-

-¿Cuál tesis?

-Que la vida no es tan simple.-

El español vuelve a su cerveza y Compay Segundo termina su bolero. Manolito y Concha regresan a su mesa. Una salsa estridente alborota el local. Daysilú pone su vaso en el mostrador y se dirige decida hacia la mesa de Manolito. Cuando está frente a él dice:-¿Tú solo bailas con españolas?-

La mulata sorprende a Manolito, que mira interrogadoramente a Concha.

-No, señorita, él no solo baila con españolas. De hecho, él aprendió a bailar con cubanas como tú. Así que no se porque no pudiera bailar contigo si lo deseas.-Concha habla secamente, pero con una sonrisa en los labios. Se sabe superior.

Manolito duda un segundo, hasta que su mirada se cruza con la de Concha. Hay desafío en sus ojos. Se levanta y sujeta la mano de la joven mulata. Inmediatamente los dos empiezan unos rápidos y muy entrelazados giros, que los une y los separa, en una intrincada coreografía que no ha sido ensayada y, sin embargo, fluye perfectamente.

Tanto Angel como Emilio siguen fascinados los movimientos de Manolito y Daysilú.

-Ella hace casi todo,-dice el español.

-Siempre es así en todos los bailes de pareja. Y tal vez en todas las vidas compartidas,- contesta Angel.

El español le observa brevemente y después sorbe de su copa de cerveza. Cuando vuelve a contemplar a los bailadores cae en la cuenta de que el tal Angel no ha pestañeado ni una sola vez.

La música termina. Las personas presentes aplauden. Manolito le hace una reverencia a Daysilú y ésta le corresponde con un leve asentimiento de la cabeza. Después se dirige muy ufana a su butaca en la barra. No se había llevado a Manolito a la cama, pero le había demostrado a esa española quién era la mejor bailarina de salsa de La Habana.

Vuelve la música suave propia para parejas sentimentales. Emilio paga su cerveza y se despide de Angel, que lo sigue hasta la puerta con la vista. Después la desvía hacia Concha, que le habla a Manolito en la oreja y luego sonríe estereotipadamente. Angel la sigue mirando sin parpadear.





Provincia de Oriente, Cuba.

En la costa sur de la provincia de Oriente, Cuba, se halla La Sierra Maestra, la cordillera más alta de esa isla, con El Pico Turquino como su punto culminante, con 1,974 metros de altura. Bajando por su costado, se desliza una pared lisa formando una mole gigantesca, que al entrar en el Mar Caribe da comienzo a la punta noreste de la Fosa de Bartlett, conocida también como Cayman Trench, que con una profundidad máxima de 7,886 metros, es la más profunda en el Mar Caribe. A partir de una profundidad de 500 metros reina la más absoluta oscuridad, con una temperatura relativamente constante de 1 a 3 °C y la presión hidrostática del agua aumenta una atmósfera por cada 10 metros de profundidad.

A una profundidad de 3,586 metros aparecen varias cuevas en la pared granítica que desciende hacia el fondo del mar. Parecen pasos cavados por un gigantesco alpinista que se propusiera alcanzar la cima de esa montaña sumergida. El interior de la mayor de esas cuevas forma un ancho tubo que asciende verticalmente hasta encontrar la luz del sol. A mitad de camino, una abertura de ese ancho tubo conduce por un túnel ligeramente ascendente hasta una gran burbuja de aire, atrapada en medio de la masa de piedras. La burbuja de aire se abre formando una meseta de un kilómetro de extensión, que ofrece descanso y frescura. La visibilidad es casi nula, aunque una débil luz fosforescente insinúa el relieve.

Súbitamente, unas burbujas lumínicas y coloreadas salen de la oscura agua y unos ruiditos parecidos a las estáticas de ondas de radio de corta frecuencia inundan el recinto.
coqui1934
III.

Madrid, España.
Agosto de 2007.


“Estoy tan enamorao de la negra Tomasa
Que cuando se va de casa que triste me pongo.
Estoy tan enamorao de la negra Tomasa
Que cuando se va de casa que triste me pongo

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

Esa negra linda, relinda, que me echó bilongo,
Esa negra linda, relinda, que me echó bilongo,
Na más que me gusta la comía que me cocina,
Na más que me gusta la café que ella me cuela.

Quiquiribú, mandinga, quiquiribú mandinga,
Allá en La Habana tasajo, y allá en Oriente mapinga
Yo conocí un cocinero que cocinaba mapinga
Y machacaba los ajos con la maza del mortero.”


De esta canción, nacida de los descendientes de africanos que fueron llevados a Cuba como esclavos, tomó un restaurante de comidas cubanas su nombre: La Negra Tomasa. Situado en la calle Cádiz 9, esquina a Espoz, a menos de 50 metros de la Plaza del Sol, el corazón de Madrid, es el más pintoresco de los varios restaurantes que ofrecen comida cubana en la capital española. Una negra vestida toda de blanco, incluyendo sus zapatos, fumando un puro cubano, con pañuelo colorado en la cabeza y collares de azabaches al cuello, recibe a los clientes y los sitúa en las angostas mesas que en horario de comida circunda una amplia barra de doble mostrador. El local no es grande, pero tampoco es pequeño. La comida es típica criolla y el vestuario de los empleados también. Las especialidades son las frituras de malanga, el lechón asado y el arroz congrí. Su decoración es espectacularmente genuina y rebuscada en toda Cuba, como si fuera un humilde museo. La comida que sirven no es mala, pero no es la mejor muestra de la cocina cubana. Esa cualidad pertenece a Sara, dueña de otro restaurante cubano de la ciudad. Después de la cena se monta un pequeño escenario donde cantan desconocidos músicos cubanos y algunos latinos, que no lo hacen mal, hasta las cinco de la mañana. En uno de los interludios de los músicos, la vitrola emitió una canción:

“En el tronco de un árbol,
Una niña grabó su nombre henchida de pasión,
Y el árbol conmovido allá en su seno,
A la niña una flor dejó caer.
Yo soy el árbol, conmovido y triste,
Tú eres la niña que mi tronco hirió,
Yo guardo siempre tu querido nombre y tú...
¿Qué has hecho con mi pobre flor?”

Es la voz inconfundible de Compay Segundo alentando a la muy acoplada pareja que forman Manolito y Concha en el pequeño espacio bailable del restaurante. Otras dos parejas los secundan, pero los presentes, y son bastantes, no pierden de vista a Concha, preguntándose los pocos españoles que allí estaban quién es ese mulato que baila con su rutilante estrella cinematográfica, y los cubanos y algunos latinos sintiendo orgullo porque un compatriota ha triunfado, y a la vez envidia porque no son ellos los elegidos.

Al final de la barra, en su lado izquierdo, Daysilú, una joven y esbelta mulata lanza con la mirada puñalitos de odio a Manolito. Ella sí sabe bailar, no aquella española de mierda, que solamente es una cara bonita. Bueno, no solamente cara, porque también tiene un espectacular cuerpo. Por algo es una luminaria cinematográfica. No puede ni soñar en competir con ella. Entre sus brazos tiene su premio: uno de los mejores ejemplares masculinos cubanos. Bebe un sorbo de su vaso de ron. No es el primero ni será el último aquella noche. Cuando le avisaron que Manolito estaba en La Negra Tomasa, dejó su trabajo en el Tocoloro, otro restaurante cubano, y vino dispuesta a todo. Se baja un poco más su “baja y chupa”, mostrando la entrada de unos senos juveniles, pequeños y duros.

En el lado opuesto de la barra otra persona observa la pareja. Su rostro, de una delicada belleza varonil, no refleja ninguna emoción, pero sus azules ojos no pierden un movimiento de los bailadores. Ante sí tiene un mojito cubano, del cual solamente ha bebido un sorbo. Piensa si convendría encender un cigarrillo, pero desecha el pensamiento. Bastante humo hay ya en el local, que no se distingue por su ventilación.

-No se puede negar que es maja,-dice un hombre de edad madura a su lado, sin acentuar mucho la jota, denotando que es madrileño.

-Así es, pero que muy maja,-le contesta el hombre de los ojos azules.

-Lástima que esté con esa cosa…-se sobresalta ligeramente y se vuelve hacia su interlocutor,-yo no soy racista…es que uno espera que…en fin, usted sabe…espero que usted no tenga una mala impresión de mí.-

-No, no se preocupe, le entiendo perfectamente. Además, no soy cubano.-Le tiende su mano derecha.-Angel Rodríguez, para servirle.-

-Ah, menos mal, Emilio Zambrana, a su disposición.-Estrecha la mano de Angel.-Es que hay tanta gente que no comprende. Un perro anda con un perro, un gato anda con otro gato…así es la cosa…-

-Claro, muy claro, una española debe andar con un español. Estoy de acuerdo, pero la vida no es tan simple. Se supone que un español visite un restaurante español, ¿o no?-Emilio le mira fijamente. Después bebe de su cerveza.-No lo digo por discutir. Nada más lejos de mi mente. Fue un argumento para probar mi tesis.-

-¿Cuál tesis?

-Que la vida no es tan simple.-

El español vuelve a su cerveza y Compay Segundo termina su bolero. Manolito y Concha regresan a su mesa. Una salsa estridente alborota el local. Daysilú pone su vaso en el mostrador y se dirige decida hacia la mesa de Manolito. Cuando está frente a él dice:-¿Tú solo bailas con españolas?-

La mulata sorprende a Manolito, que mira interrogadoramente a Concha.

-No, señorita, él no solo baila con españolas. De hecho, él aprendió a bailar con cubanas como tú. Así que no se porque no pudiera bailar contigo si lo deseas.-Concha habla secamente, pero con una sonrisa en los labios. Se sabe superior.

Manolito duda un segundo, hasta que su mirada se cruza con la de Concha. Hay desafío en sus ojos. Se levanta y sujeta la mano de la joven mulata. Inmediatamente los dos empiezan unos rápidos y muy entrelazados giros, que los une y los separa, en una intrincada coreografía que no ha sido ensayada y, sin embargo, fluye perfectamente.

Tanto Angel como Emilio siguen fascinados los movimientos de Manolito y Daysilú.

-Ella hace casi todo,-dice el español.

-Siempre es así en todos los bailes de pareja. Y tal vez en todas las vidas compartidas,- contesta Angel.

El español le observa brevemente y después sorbe de su copa de cerveza. Cuando vuelve a contemplar a los bailadores cae en la cuenta de que el tal Angel no ha pestañeado ni una sola vez.

La música termina. Las personas presentes aplauden. Manolito le hace una reverencia a Daysilú y ésta le corresponde con un leve asentimiento de la cabeza. Después se dirige muy ufana a su butaca en la barra. No se había llevado a Manolito a la cama, pero le había demostrado a esa española quién era la mejor bailarina de salsa de La Habana.

Vuelve la música suave propia para parejas sentimentales. Emilio paga su cerveza y se despide de Angel, que lo sigue hasta la puerta con la vista. Después la desvía hacia Concha, que le habla a Manolito en la oreja y luego sonríe estereotipadamente. Angel la sigue mirando sin parpadear.





Provincia de Oriente, Cuba.

En la costa sur de la provincia de Oriente, Cuba, se halla La Sierra Maestra, la cordillera más alta de esa isla, con El Pico Turquino como su punto culminante, con 1,974 metros de altura. Bajando por su costado, se desliza una pared lisa formando una mole gigantesca, que al entrar en el Mar Caribe da comienzo a la punta noreste de la Fosa de Bartlett, conocida también como Cayman Trench, que con una profundidad máxima de 7,886 metros, es la más profunda en el Mar Caribe. A partir de una profundidad de 500 metros reina la más absoluta oscuridad, con una temperatura relativamente constante de 1 a 3 °C y la presión hidrostática del agua aumenta una atmósfera por cada 10 metros de profundidad.

A una profundidad de 3,586 metros aparecen varias cuevas en la pared granítica que desciende hacia el fondo del mar. Parecen pasos cavados por un gigantesco alpinista que se propusiera alcanzar la cima de esa montaña sumergida. El interior de la mayor de esas cuevas forma un ancho tubo que asciende verticalmente hasta encontrar la luz del sol. A mitad de camino, una abertura de ese ancho tubo conduce por un túnel ligeramente ascendente hasta una gran burbuja de aire, atrapada en medio de la masa de piedras. La burbuja de aire se abre formando una meseta de un kilómetro de extensión, que ofrece descanso y frescura. La visibilidad es casi nula, aunque una débil luz fosforescente insinúa el relieve.

Súbitamente, unas burbujas lumínicas y coloreadas salen de la oscura agua y unos ruiditos parecidos a las estáticas de ondas de radio de corta frecuencia inundan el recinto.
coqui1934
IV.

Madrid, España.
Noviembre de 2007.

-La sombra de Doña Inés.-

-No; mi espíritu, don Juan, te aguardó en mi sepultura.

Don Juan cae de rodillas.-¡Doña Inés! Sombra querida, alma de mi corazón, ¡no me quites la razón si me has de dejar la vida! Si eres imagen fingida, sólo hija de mi locura, no aumentes mi desventura burlando mi loco afán.-

-Yo soy doña Inés, don Juan, que te oyó en su sepultura.-

El teatro está lleno y, sin embargo, solo se oye las voces de los actores. A pesar de su antigüedad y que se repite a menudo, Don Juan Tenorio continuaba atrayendo público. Concha brilla en el papel de Inés.

-¿Conque vives?-

-Para ti; mas tengo mi purgatorio en ese mármol mortuorio que labraron para mí. Yo a Dios mi alma ofrecí en precio de tu alma impura, y Dios, al ver la ternura con que te amaba mi afán, me dijo: "Espera a don Juan en tu misma sepultura. Y pues quieres ser tan fiel a un amor de Satanás, con don Juan te salvarás, o te perderás con él. Por él vela: mas si cruel te desprecia tu ternura, y en su torpeza y locura sigue con bárbaro afán, llévese tu alma don Juan de tu misma sepultura".

-¡Yo estoy soñando quizás con las sombras de un Edén!-

-No; y ve que si piensas bien a tu lado me tendrás; mas si obras mal causarás nuestra eterna desventura. Y medita con cordura que es esta noche, don Juan, el espacio que nos dan para buscar sepultura. Adiós, pues; y en la ardua lucha en que va a entrar tu existencia, de tu dormida conciencia la voz que va a alzarse escucha; porque es de importancia mucha meditar con sumo tiento la elección de aquel momento que, sin poder evadirnos, al mal o al bien ha de abrirnos la losa del monumento.-

Por un ingenioso juego de luces, la imagen de Inés parece una sombra. La escena se oscurece lentamente y el telón, descendiendo, anuncia la terminación de ese acto. En el primer balcón de la izquierda, con los codos apoyados en la aterciopelada barandilla, Angel se queda observando la platea, exactamente el lugar que había ocupado Concha, la Inés de las pupilas de sus ojos azules que nunca parpadeaban.





Concha medita, mirando sin ver a través de la puerta deslizante que da acceso a la piscina. La sirvienta uniformada, una india de mediana edad nacida en algún país sudamericano, sirve el café con pasta sobre la baja mesa de cristal, impecablemente transparente, situada en el medio de un sofá y dos butacones de estilo futurista. Se retira silenciosamente, como hacían sus antepasados en la selva cuando se escondían o cazaban, al ver que Concha no le presta ninguna atención. No se vuelve cuando Manolito, muy fresco después de ducharse, entra en la habitación.

-Estuviste muy bien en Don Juan Tenorio la otra noche,-dice, llevándose una de las crujientes galletitas a la boca.

-¿Cómo lo sabes si no estuviste allí?-

-Me lo dijeron.- Manolito se sienta a beberse su café.

-¿Quién?

-¿Es esto un interrogatorio de tercer grado, o qué?-

-No, en realidad no tiene importancia que hayas ido o no. Siempre es igual.-

-Oye…¿qué te pasa? Últimamente no hace más que pelear. ¿Dónde está aquella mujer dulce que se paseaba en bikini por la playa?-

-Se quedó en la playa…al igual que tú.-

-¿Yo? No, hombre, no, yo no he cambiado nada.-

-En cuanto a los bikinis, no. Lo único que ahora los persigue en ese antro que tu llamas bar.-

Manolito se levanta y se acerca meloso a Concha.-No me digas que estás celosa, mi reina…-Trata de abrazar a Concha por la espalda, pero ella se aleja y se sienta en un butacón. El regresa a su desayuno y continua con su café.- ¿Cómo vas a estar celosa de mi “Puerto de La Habana”?-

-Que nombre mas absurdo para un bar, un garaje agrandado en medio del Madrid viejo, que solamente tiene un riachuelo…además, no estoy celosa de esa cosa, ni de nada. Sencillamente, ¡ya estoy cansada de que me pongas los cuernos con cualquiera de esas basuras que van a tu bar!-

¬-Oye... ¿de dónde sacas eso?

-No hace falta ser tan hipócrita, Manolito. Al menos se lo suficiente hombre como para darle pecho a lo que haces…-

Manolito niega con la cabeza y Concha, enfurecida, se dirige a un pasillo interior y desaparece. Manolito se queda pensativo unos segundos, pero después sonríe y termina su café. Se levanta briosamente y va en busca de la puerta que da al garaje.

Concha entra en su cuarto. Se pasea furiosa de un lado a otro de la habitación. ¡Qué estúpida he sido! ¿Cómo no me di cuenta antes de casarme de quién es realmente Manolito? ¡Ahora soy el hazme reír de todo el mundo! Nadie me lo dice, pero todos murmuran. Hasta mi familia se ha dado cuenta de mi enorme error. Yo, que siempre me ha distinguido por mi inteligencia, por mi madurez, ahora estoy en el punto de mira de todos los chismes de Madrid. Igualita que una Maruja…¡que una Sarita cualquiera! Buscando maridos en Cuba! ¡Como si no hubiera suficientes españoles aptos para eso! Tanta habladuría del maltrato de los hombres de aquí y ¿cuál es la diferencia con los de allá? Nada, Concha, que has metido la pata a más no poder. Ayer mismo una cadena nacional de televisión me retiró la oferta para que protagonizara un programa muy sentimental, de esos que no se lo pierde ninguna española ama de casa, esos programas que son muy bien pagados porque tienen muy buenos patrocinadores. ¡Ay, que dolor tengo en el cuello! Y parece que tengo fiebre…ya llevo con esto mucho tiempo…¿Qué hago, Dios mío, qué hago? Lo que está muy claro es que tengo que romper con este hombre. Pues eso. De una vez por todas. Más vale ponerse roja una vez que colorada mil veces. ¡Otra vez esta picazón! Mañana sin falta el médico. No puedo esperar más. Claro que no…¡ay, otra vez ese dolor! Concha cae al suelo desmayada.




“Ay, no hay que llorar, que la vida es un carnaval,
Es más bello vivir cantando.
oh, oh, oh, ay, no hay que llorar,
Que la vida es un carnaval
Y las penas se van cantando.

La inconfundible voz de Celia Cruz atrona en el pequeño espacio de El Puerto de La Habana dedicado a la barra, donde Manolito gira locamente llevando en sus brazos a la mulata Daysilú. Acodados unos sobre la meseta de dura madera, y otros en el pasillo con su vaso en la mano, la clientela, mas femenina que del sexo opuesto, observa con deleite los pasillos que la mulata pareja dibujan sobre el enlosado piso. Celia termina y unos vigorosos aplausos agradecen a los bailadores su exhibición. Después de saludar a algunos de los presentes, con su vaso de cerveza en la mano Manolito camina hasta la siguiente división del bar, donde rojas sillas circundan 4 mesas de formica del mismo color. Daysilú le sigue y ambos se sientan.

-Te veo un poco preocupado, Manolín.-

-No es nada, prieta, no es nada.-

-Ojalá.-

-Oye, te dije que no es nada, no jodas más, que me voy para el carajo.-

Daysilú bebe de su vaso que contiene un Gin Tonic. Cree que tomar esa bebida le da importancia a su persona. Manolito tiene mal genio y no quiere molestarlo.

Manolito bebe de su cerveza. Ya le está aburriendo esta mulata flaca con su persecución. Verdad es que baila muy bien, lo mejor que ha encontrado en Madrid, pero ya es hora de darle de lado. En ese momento hay en su bar tres mujeres que se derriten por su atención. Una de ellas es una periodista de un diario español nacional que puede serle de mucha ayuda en el futuro. Quién sabe cómo vendrá ese futuro. Concha cada día está más belicosa. No entiende que atender a la clientela de su bar, especialmente a la femenina, las más numerosa y asidua, es su obligación. El bar no está dando el resultado que espera. No puede permitir que su esposa le domine, pero tampoco darse el lujo de perderla. ¡Está jodida vida! España no es el paraíso que el pensó cuando estaba en La Habana, aunque para ser justo, no le ha ido mal al lado de Concha. Tiene todo lo que soñó, auto y de los grandes, buena ropa y calzado, excelente comida, habita una opulenta casa, y la prensa lo ha tratado bien al principio. No en balde es el marido de Concha. Pero ahora han empezado con el teque del bar y las prostitutas, y hasta meterse en su vida privada. Están jodiendo mucho, tanto que ya el trabajo de Concha se ha perjudicado. Tiene que pensar en una solución a todos estos problemas. Una solución y pronto.

-¡Manolito, es para ti!-

Coge el teléfono y su ceño se frunce en la medida que escucha. Contesta con monosílabos y cuelga.

-¿Pasa algo?-pregunta Daysilú.

-¡No pasa nada, coño, múdate para otro, déjame tranquilo!-

Manolito se va muy apurado. Le han informado que Concha está en el hospital Ramón y Cajal.




Los Apartamentos Orión tienen su sede en un edificio de 8 pisos dedicados al alquiler. Situados en la calle Diego de León #10, son muy convenientes por estar cerca del centro de Madrid, en un barrio respetable como es el de Salamanca. Tienen, además dos ventajas muy importantes: el precio del alquiler es aceptable, y sus inquilinos pasan desapercibidos. En el segundo piso, exactamente encima de un bar muy bien atendido, en la habitación 204, con ventanal a la calle, Angel está acostado, observando la pantalla oscura de un televisor apagado. Poco a poco la pantalla se ilumina intermitentemente con unas burbujas lumínicas y coloreadas, y se oyen las eventuales estáticas que emite un aparato de radio cuando sintoniza las ondas de corta frecuencia. Angel está muy atento hasta que el fenómeno óptico y auditivo cesa. Su rostro se mantiene impasible y sus azules ojos continúan sin pestañear.

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