No quiero detenerme ahora sobre las formas y métodos de adquirir jurídicamente una
propiedad (ocupación, trabajo, herencia...), ni sobre el respeto de dicha propiedad (que es
tanto el derecho de no quitar al que tiene, como el de dar a los que no tienen al menos el
mínimo histórico imprescindible para asegurarles una vida digna), pues alargaría
innecesariamente el tema. Además, hay que tener presente que a veces la legalidad
vigente puede estar encubriendo y aun fomentando inmoralidades que es preciso denunciar
desde la ética.
Desde ella debemos plantearnos la licitud de algunas leyes concretas que, favoreciendo
a determinados grupos sociales (prioritariamente los poderosos), empujan a otros a los
márgenes de la sociedad. Si la ley engendra o tolera la discriminación de personas,
debemos cuestionar la moralidad de dicha ley. Quizá no haya fuerza legal suficiente para
abolirla, pero sí se podrá hacer la denuncia profética de su orientación discriminadora, de
su alejamiento objetivo de las prioridades axiológicas de una buena sociedad humana. No
debemos olvidar que detrás de todos los análisis existen personas, rostros concretos que
sufren sus consecuencias.
Estamos inmersos en sociedades donde «reina» el neoliberalismo, una concepción de
la vida humana en la que los individuos aislados deben gozar de plena libertad y donde la
«economía» adquiere el rango de valor final absoluto: con una racionalidad que descubre
las «leyes» de su actividad y las independiza de cualquier otra norma. El individuo,
siguiendo los dictados de su propio interés económico (conseguir el máximo beneficio),
inserta su actividad en un supuesto «orden natural» económico, hecho de competencia
insolidaria y de intercambio de intereses particulares, donde una «mano invisible»
(reguladora neutra del mercado) sería expresión de la providencia divina. Sin embargo, esta
concepción legitimadora del egoísmo encierra una gran falacia, justificadora de un
desorden real, y la metáfora es inapropiada para expresar el funcionamiento real del
sistema, ya que dentro de éste se da una grave injusticia: el agravamiento de la
desigualdad social, tanto dentro de cada país como internacionalmente. Al bien común no
se le sirve mejor buscando cada cual su propio interés privado, pues ello significa dar carta
de naturaleza a la violencia individual y social.
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Algunas maneras de robarPaso directamente a esbozar algunas formas actuales (otras aparecen en el resto de los
artículos de este número), no aceptables desde la ética, de adquirir el dominio sobre
bienes. Digo «no aceptables desde la etica» porque algunas de ellas no están
contempladas o penalizadas jurídicamente, bien porque el título jurídico de propiedad y de
dominio no garantiza de por sí la licitud moral de la apropiación, o incluso porque en
determinadas ocasiones son motivo de admiración y envidia por parte de algunas personas
cuyo ideal de vida gira en torno al hecho de disponer de mucho dinero o del poder con el
que se consigue el dinero.
No todas las actitudes y acciones tienen la misma importancia, y sería injusto
considerarlas todas ellas como expresión de un mismo deseo de avaricia o egoísmo. No
voy a fijarme en aquellos casos que son comportamientos con una incidencia social mínima,
aunque estén bastante extendidos (la típica picaresca), y de los que ya se habla
suficientemente en los medios de comunicación. No acepto eso de «si tú estuvieras en su
lugar, harías lo mismo». porque depende de la conciencia personal de cada cual. Más bien
me intereso por esas operaciones de gran alcance, promovidas por intereses particulares
en perjuicio de terceros y del conjunto de la sociedad, de las que no se suele hablar
socialmente más que cuando han sobrepasado con creces los límites legales. Tampoco voy
a detenerme, por suficientemente conocidos, en los grandes escándalos de los últimos
años —con aditamentos politico-partidistas (Juan Guerra, Naseiro, Filesa, Roldán,
tragaperras...) o principalmente económicos (M. Conde, M. Rubio, J. de la Rosa, P.
Salanueva, Ibercorp, C. Mestre...), algunos de los cuales (el caso del aceite de la colza, por
ejemplo) han tenido como consecuencia más grave la pérdida de miles de vidas humanas.
1. Desde los presupuestos económicos liberales
- Hablar y defender a ultranza el «mercado libre», pero desde posiciones dominantes,
sobre todo respecto de aquellos productos indispensables para la vida o la producción, a
los que se va a poner el precio que interese, sabiendo que quienes más lo defienden son
los más fuertes en ese contexto y pueden imponer sus condiciones leoninas a los que
necesitan sus productos. Muchos son los ámbitos en que se da esta situación, pero merece
la pena destacar, por su generalidad, el comportamiento de las instituciones financieras
cuando, por ejemplo, fijan intereses abusivos a los «descubiertos» (han llegado a superar
el 20%, aunque ahora ya se les ha puesto un límite menor) en comparación con la
retribución que dan a esa misma cuenta (no llega al 1%). También en el ámbito del
neoliberalismo se dice que hay que «flexibilizar y evitar rigideces», aplicando esta razón al
mundo del trabajo (contratos laborales temporales, facilidad de despido...) y del gasto social
(disminución de subsidios laborales, congelación de pensiones...), pero sin actuar con el
mismo criterio con respecto a las rigideces que provienen de la acumulación capitalista en
empresas transnacionales o en monopolios bancarios, pues, aunque existan bastantes, los
más grandes y fuertes coordinan su comportamiento.
- Utilizar los sentimientos o los graves problemas como coartada psicológica para
beneficios particulares. Así, por ejemplo, el empresariado neoliberal no tiene el empleo
como un objetivo principal de su actuación, utilizándolo continuamente de comodín, sin
embargo, para fundamentar las medidas más reaccionarias 5. La amenaza del paro sirve de
coartada para justificar que los salarios reales se incrementen muy poco o nada, lo cual
lleva a aumentar unos beneficios que no servirán para crear más empleo, sino a veces para
reducirlo. Es decir, embolsarse los beneficios resultantes de la disminución relativa del
costo del trabajo, sin preocuparse de restituirlos en forma de nuevos puestos de trabajo.
Este mismo argumento se utiliza también para abogar por el desmantelamiento del sistema
público de protección social, favoreciendo al gran capital.
- Descargar sobre el conjunto de la población los costes de producción (control y
depuración de residuos tóxicos o contaminantes...) que debieran ser asumidos por las
empresas concretas (los «costes sociales»), pero que, al ser pagados por todos, les
proporcionan un beneficio extra. Mayor importancia tienen las consecuencias de la politica
de reconversión, en la que, utilizando la presión de su tamaño e incidencia social, se han
gastado del dinero de todos cerca de 2 billones de pesetas para paliar la «crisis» bancaria
(no obtener suficiente beneficio,) posibilitando su concentración y obteniendo así
excedentes de más del 15C% del capital desembolsado.
- Campañas publicitarias engañosas que, al incitar compulsivamente al consumo del
producto, permiten poner un precio desproporcionado a su coste de producción. Productos,
por otra parte, que, pasado el primer furor, se abandonan, porque realmente no interesan.
- En esta situación de crisis económica se buscan salidas aumentando la inversión
(privada y pública), lo cual requiere ahorro; pero ¿quién se apropia de lo ahorrado'? Gran
parte de la capitalización de grandes y medianas empresas se ha realizado por medio de
transferencias de recursos públicos que provienen, en su gran mayoría, del ahorro forzoso
del sector popular.
2. Comportamiento de diferentes agentes económicos
* Volcarse en una economía de tipo especulativo, donde cada uno está ocupado en sus
intereses particulares de enriquecimiento, aunque ello ponga en crisis a los demás. Si
especulando se obtienen más ingresos monetarios que produciendo, es fácil caer en lo
primero, sin que importe llevar a la quiebra el tejido industrial y la posibilidad de vida digna
para muchos. Los ejemplos de esta realidad los tenemos muy cercanos y en distintos
modelos.
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http://www.mercaba.org/FICHAS/CRISTIANO/647-2.htm