Solemos alegar que es una compañía leal, que su ruido acompaña, que siempre alegra el corazón y ayuda a olvidar las penas del día. Solemos defendernos de los que dicen, muy acertadamente, que estamos abducidos por esa máquina cotorra y variopinta.
Yo he querido dejarla muchas veces, me lo he propuesto con empeño, con convicción. Y siempre caigo. Al final he tenido que aceptar que soy un hombre manipulable y débil.
Y he hecho lo que tenía que hacer; dedicarle aún más tiempo de mi vida.
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Saludos a todos los teleadictos
